Por: Armando Montenegro

El aviso

Así como en algunas novelas de antaño la aparición súbita de un cuervo presagiaba una desgracia, en la vida económica, el anuncio sorpresivo de la rebaja de la calificación de la deuda externa puede ser una señal de que se avecinan dificultades para las finanzas públicas y el crédito de un país.

La calificación crediticia es una nota que asignan las agencias especializadas para medir la probabilidad de que un país no cumpla con sus obligaciones externas. Las mejores calificaciones, denominadas Grado de Inversión, distinguen a los países que exhiben un menor riesgo, aquellos que, por la solidez de sus finanzas públicas, les dan tranquilidad a las instituciones de crédito y a los inversionistas externos. Los que reciben las peores notas, en cambio, no atraen los recursos del exterior o su financiación es demasiado costosa. Y aquellos cuyas calificaciones se rebajan, como le acaba de ocurrir a Colombia, son sujetos de un cuidado especial, en medio de preocupaciones sobre su futuro.

La calificación crediticia de un país no es un asunto aéreo y abstracto, confinado en el mundo económico y financiero. Es algo que puede tener consecuencias concretas sobre el conjunto de la economía y la vida de las personas. De una mala calificación sigue un menor volumen de crédito para el Gobierno y las empresas, una reducción de las inversiones, tasas de interés más elevadas, menos empleo y, al final, un menor crecimiento económico. De ahí el interés de los países de mantener buenos resultados en esta materia.

La buena noticia es que, a pesar de la rebaja en la calificación de Colombia por la agencia Standard and Poor's, S&P, el país sigue siendo Grado de Inversión (lo mismo que en las cuentas de las otras dos agencias principales). La mala es que S&P hizo serias advertencias sobre el futuro de la situación fiscal del país y el manejo de su deuda pública. De confirmarse estas preocupaciones, las demás agencias calificadoras podrían seguir el ejemplo de S&P.

El Ministerio de Hacienda interpretó la rebaja de la calificación como una reacción ante los temores que existen en el exterior sobre el manejo fiscal a partir del próximo 7 de agosto. Varios observadores internacionales, entre ellos los funcionarios de las agencias calificadoras, habrían señalado su preocupación por el marcado tono populista del arranque de la campaña presidencial. Los anuncios de recortes masivos de impuestos (sin medidas compensatorias creíbles), las promesas de aumentos generalizados de salarios y costosos programas de gasto público, con razón, han prendido las alarmas sobre la sensatez del manejo económico futuro.

El problema es que hasta ahora varios candidatos presidenciales viables no han reconocido que la situación fiscal de los próximos años será muy delicada, aun antes de tener en cuenta el impacto de sus generosas promesas de rebajas de impuestos y mayores gastos. Algunas campañas parecen ignorar que en estas condiciones no se pueden tomar medidas que agraven los desequilibrios financieros.

A la larga, la decisión de S&P podría ser positiva, semejante a los baldados de agua fría que aclaran las cabezas calientes. Podría obligar a poner los programas de gobierno en el terreno de la realidad y la cordura. Si esto no ocurre, infortunadamente, el país corre el riesgo de que aparezcan otros cuervos en los próximos meses y que se acerque la hora de las desgracias.

 

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