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El baile del escorpión

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Una esperanza de los científicos es que de tanto mutar y recibir los portazos de la cuarentena, el virus -debilitado por una sociedad experta en lavarse las manos- pierda su fuerza. Sería maravilloso que eso pasara, digo, con el virus. Pero desastroso que lo mismo, y por las mismas causas, le sucediera a nuestra democracia.

A la democracia y a la paz han pretendido cerrarles la puerta en la cara, tal y como lo advirtieron; lo de las trizas no era consigna de un energúmeno aislado:  fue y sigue siendo el nefasto propósito de un partido devastador, ayudado por el pequeño Poncio Pilatos que buena parte de la sociedad lleva por dentro, como la seducción en el baile del escorpión.

El Gobierno no se inventó el virus para repuntar su favorabilidad, ni para salvarse de los intríngulis con los Ñeñes de turno. Pero una vez recibido por tierra, mar y aire, el virus -aun cuando suene horrible decirlo- le dio cierto grado de oxígeno político, y el país desvió la atención de los temas graves que teníamos en la agenda: el innombrable en la puerta de los tribunales acusado de comprar y manipular falsos testigos; las calles llenas de manifestantes indignados por lo indignante; ministerios y ejército señalados de complicidad o ineficiencia frente a las Águilas Negras y otras fuerzas criminales; líderes y excombatientes asesinados, incumplimientos al Acuerdo de Paz, y billones de pesos regalados a quienes manejan los mismos billones de pesos que le dieron el trono a este angustioso gobierno.

Mientras la pandemia tiene obnubilada la posibilidad de mirarnos sin una pantalla de por medio, suspendidos los abrazos y la opinión concentrada en los estragos de la enfermedad, el Centro Democrático y varios de sus afines se están tirando la paz, y cada día hacen y proponen más barrabasadas para acabar con el poder legislativo, con la oposición, con el Acuerdo del Teatro Colón y lo que subsistía de diplomacia frente a los países garantes. Puedo no amar el régimen, pero siempre agradeceré a Cuba que le dieron posada, aliento y respaldo a nuestro proceso de paz con las FARC, y que parte de lo firmado aquí y allá, implica gratitud y reconocimiento a la generosidad de Cuba y de Noruega, como avales durante el proceso, y luego, en esta odisea de implementar la paz en un país gobernado por un partido aferrado al pasado y al rencor.

“¡Ajúa!” ¿En serio? ¿Nos parece normal que el ejército se pierda en un alarmante grito tropero de intimidación, y una tribuna de abuso y corrupción desdibuje la institución que debería ser, y que han honrado con rectitud miles de soldados de todos los rangos?

¡Qué clase de nación va a devolvernos el Centro Democrático cuando pase la pandemia!

Ojalá no sea un país amedrentado, con los derechos de la oposición irrespetados y un Comisionado de Paz que hace declaraciones propias de un comisionado de Guerra; un país con la paz herida, un reguero de tierras en las manos equivocadas y miles de colombianos amenazados y asesinados, porque parecería que la ley no tiene peso ni las investigaciones son exhaustivas, y demasiadas veces no se sabe dónde empiezan los delincuentes y dónde terminan las instituciones.

Sólo nos queda despertarnos ya de este soponcio viro-político, porque de un Uribe 4, no habría Unidad de Cuidados Intensivos capaz de curarnos.

ariasgloria@hotmail.com

 

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