Por: Mauricio García Villegas

El bálsamo del lenguaje

Un viajero francés del siglo XIX decía no haber visto un país en donde las leyes fueran tan veneradas y al mismo tiempo tan violadas como en Colombia. Tal vez eso se debe a que aquí las leyes funcionan como un bálsamo: hacen más llevadera una realidad que no podemos, o que no queremos, cambiar.

Digo esto pensando en un fallo, producto de una acción de cumplimiento, que obliga a todas las entidades públicas a hacer uso del “lenguaje incluyente” (LI).

Esta exigencia me parece (salvo casos extremos, como cuando se dice “los derechos del hombre”) injustificada. El problema no está en el lenguaje, sino en la realidad cultural que interpreta ese lenguaje.

El significado de las palabras depende de su uso, no de lo que dice el diccionario, y el uso depende de la manera como la gente entiende las palabras. Hay expresiones que desde el punto de vista lingüístico no tienen sentido, pero que usamos sin problema. Álex Grijelmo (en La seducción de las palabras) hace una lista de esas expresiones: decimos, por ejemplo, “colgar el teléfono” o “bajar en el ascensor”, porque antes los teléfonos se colgaban en la pared y los ascensores solo subían. Decimos “correo”, porque antes los mensajes eran llevados por un mensajero que corría. Sin embargo, cuando usamos esas palabras nadie se alarma por el anacronismo del significado literal.

Algo parecido ocurre en sociedades igualitarias, en donde la discriminación femenina es escasa. Cuando se dice, por ejemplo, “los suecos”, nadie se imagina que las mujeres de ese país están excluidas, de la misma manera que si alguien dice que cuelga el teléfono, no se imaginan que, de hecho, alguien lo está colgando.

Pero en las sociedades machistas la gente sí se imagina esas cosas. Así, cuando se habla de “los directivos de las empresas” la gente solo ve hombres. Los defensores del LI atacan ese problema haciendo visibles a las mujeres en el lenguaje. Si por ejemplo decimos “los jueces y las juezas”, sostienen, evitamos que la gente solo vea hombres en la justicia. El lenguaje, agregan, tiene el potencial de crear la realidad. Sí, pero olvidan que también funciona como un bálsamo que, aliviando nuestras carencias, las oculta. Incluir a las mujeres en el lenguaje puede hacer más llevadero el hecho de que no estén en la realidad, por ejemplo en la Corte Suprema. El lenguaje progresista puede facilitar el cambio o retrasarlo y, hasta donde conozco, no hay estudios específicos que muestren cómo opera en el tema del LI.

Pero eso no es todo, los defensores de esta manera de hablar están propiciando un lenguaje ineficiente, deslucido y hasta ridículo. Por esa vía, vamos a terminar diciendo cosas como esta: “Los jóvenes y las jóvenes que estén molestos o molestas con sus líderes o lideresas quedarán anotados y anotadas”. La Constitución venezolana pasó de 100 a 600 páginas usando ese desdoblamiento de palabras. No todo es así de ridículo en el LI, pero sus defensores a ultranza no exigen menos que eso.

No es el lenguaje el culpable, sino la cultura que está detrás del lenguaje. Las palabras, dice Rosa Montero, son como la piel del cuerpo social: ellas reflejan el movimiento de ese cuerpo. Si se cambia ese movimiento, las palabras cambian de significado.

En las sociedades en donde más se incumple el derecho se promulgan más leyes, y en las sociedades en donde más se discrimina a las mujeres se habla más de LI. ¿Por qué será? Tal vez porque, al no poder o no querer cambiar la realidad, nos consolamos promulgando esos cambios, con una euforia normativa que nos alivia, como un bálsamo, y nos aleja de los problemas reales.

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