Por: Reinaldo Spitaletta

El bandido y el profeta

Ahora, cuando el bandido ha muerto, las palabras del profeta Gonzalo Arango vuelven a circular como la sangre, en un país que el poeta nicaragüense Rubén Darío, en un hiperbólico poema, denominó como “una tierra de leones”. Y más bien podría afirmarse que Colombia es una tierra de bandidos y mercaderes de la muerte, de mafiosos y alzados en armas, de muchas tribulaciones y riquezas y pobrezas al por mayor.

Y nos llega otra vez la voz del nadaísta, con su vaticinio de fuego, en la pertinente “Elegía a Desquite”, cuando acribillaron de ocho tiros a otro bandido y su cadáver salió en todos los periódicos como un botín de guerra, en exposición para nuevos escarmientos: “¿Estoy contento de que lo hayan matado? Sí. Y también estoy muy triste”.

El canto de Gonzalo Arango, de hace casi cincuenta años (y la guerra en Colombia lleva muchos años más), vuelve hoy a resonar con la muerte de alias el Mono Jojoy, alias Jorge Briceño, y cuyo nombre de pila desapareció como el de Desquite, que se llamaba José William Ángel Aranguren y que “de tanto huir había olvidado su verdadero nombre”.

Colombia tiene padres, hijos y nietos de la Violencia. Una violencia que de liberal-conservadora fue pasando a la guerrillera, a la paramilitar, a las de autodefensas, a la de los capos de las mafias de narcotraficantes, y así. ¿Qué clase de país es este que es capaz de crear a Tirofijo, a Pablo Escobar, a Sangrenegra, a los Castaño, a bandidos de toda índole, muchos de los cuales mueren en su ley? ¿Qué tipo de “patria” es ésta en la que tantos se vuelven bandidos no sólo para matar sino para que a ellos no los maten?
Algo así proclamaba en su elegía el profeta nadaísta cuando se refería a Desquite, un producto de la violencia, cuyas primeras letras fueron machetes y escopetas. “Su patria, su gobierno, lo despojan, lo vuelven asesino, le dan una psicología de asesino. Seguirá matando hasta el fin porque es lo único que sabe: matar para vivir (no vivir para matar)”. Algo similar le pasó al Mono Jojoy, a cuyo padre “lo mataron durante la guerra con Rojas Pinilla”, según le contó él mismo al sociólogo Alfredo Molano.

Ahora, cuando el bandido ha muerto, cuando su equivocado camino se ha terminado, las palabras del poeta antioqueño vuelven como flechas a clavarse en la conciencia de todos. “¿Qué le dirá Dios a este bandido?”, se pregunta Arango. Y su respuesta es de escalofrío: “Nada que Dios no sepa: que los hombres no matan porque nacieron asesinos, sino que son asesinos porque la sociedad en que nacieron les negó el derecho a ser hombres”.

Y ahora que hablamos de poetas, qué pensar de aquel inglés, John Donne, gran metafísico, cuando decía que “la muerte de cualquier hombre me disminuye”. ¿Acaso esto puede acaecer con las muertes, por ejemplo, de Pablo Escobar, de Castaño, del Mono Jojoy…? Y entonces debemos volver a la “Elegía a Desquite”, cuando el poeta se pregunta a dónde irá el bandido: “Pues a la tierra que manchó con su sangre y la de sus víctimas. La tierra, que no es vengativa, lo cubrirá de cieno, silencio y olvido”.

Casi siempre los poetas son los mejores “retratistas” de la sociedad. Y también, como lo decía alguien, la “mala conciencia” de su tiempo. Arango lo sabía y así lo expresa en su elegía: “Lo mataron porque era un bandido y tenía que morir. Merecía morir sin duda, pero no más que los bandidos del poder”.

Colombia, habría que decirlo sin poesía alguna, es una tierra de bandidos. De los de arriba y de los de abajo. Y en este punto las palabras de Gonzalo Arango siguen lacerando, cuando se pregunta si “¿no habrá manera de que Colombia, en vez de matar a sus hijos, los haga dignos de vivir?”. Esta pregunta no ha tenido respuesta tras tantos años de la muerte de Desquite. Tal vez por eso el bandido sigue resucitando.

 

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