Por: Isabel Segovia

“El bazar de los idiotas”

Siempre han existido los personajes que humillan, insultan, cometen repudiables estupideces o que simplemente se dedican a hacer payasadas. Lo que no existía era el medio para hacerlos famosos de la noche a la mañana. Antes, si la acción era extremadamente llamativa, lograban salir en algún tabloide; hoy, la más mínima estupidez se difunde en segundos a través de las redes sociales, los medios tradicionales hacen eco y terminan los personajes siendo entrevistados y sus actos analizados como si fueran grandes noticias.

Es así como volvemos famosos a personas y eventos que no merecen ser reconocidos, y entonces el que insulta a la comunidad gay bajando y rompiendo su bandera, la que se queja de las manifestaciones sociales porque le dañan sus planes de ir a cine, el que agrede a una pareja de novios en un centro comercial, el que se rehúsa a pagar el IVA en un supermercado porque la plata supuestamente se utilizará para el proceso de paz o el sicario cuyas opiniones nadie debiera conocer se vuelven célebres y sus actuaciones comentadas por doquier.

Y si además esos personajes ya tienen algún tipo de reconocimiento, peor es el asunto. Estupideces como proponer dividir con un muro el departamento del Cauca, comentar que la inseguridad de una región se debe al robo de la ropa que se extiende afuera para secarla, afirmar que las muertes sistemáticas de los líderes sociales se deben a líos de faldas o compartir imágenes o frases que buscan insultar a los verdaderos líderes del país o a nuestros artistas y escritores se replican, se analizan, sus autores son mil veces entrevistados y las actuaciones las volvemos hasta graciosas; como si en este país no tuviéramos noticias serias ni actuaciones inteligentes y cultas para analizar.

Estamos en un mundo que se informa de manera diferente y, por lo tanto, debemos cuestionarnos sobre la información que se comparte y el tipo de personaje o acto al que se le da el protagonismo. Dentro del proceso educativo de la primera infancia hay una práctica crucial que da herramientas a los niños para manejar sus emociones y aprender a relacionarse con los demás: prestarle atención y darle voz a la víctima y no al victimario. Si un niño agrede a otro y el adulto enfoca la atención en el agresor, aunque sea para reprenderlo, ese niño ya sabe que cada vez que quiera llamar la atención lo único que debe hacer es agredir a alguien. Justamente es esto lo que estamos haciendo, les estamos prestando atención a aquellos que agreden, insultan, se burlan y hacen cosas despreciables. Por lo tanto, ellos, y otros que quieren imitarlos, saben que para ganar reconocimiento y volverse famosos lo único que deben hacer es alguna estupidez, ojalá bien ofensiva, y, con eso, si les va mal son mencionados varios días y si les va bien logran hasta volverse políticos.

Evidentemente estamos aplicando la teoría al revés, y por eso procesos tan importantes como la implementación del Acuerdo de Paz están siendo seriamente amenazados. En vez de escuchar y alentar a las víctimas les estamos dando espacio y voz a los victimarios. Estos personajes se están convirtiendo en modelos a seguir, en los héroes de muchos, y, por lo tanto, como los niños a quienes se les prestó atención por agredir, no dejarán nunca de hacerlo.

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