Por: Lorenzo Madrigal

El beato Gómez

El país católico y su municipio, Tarso, en Antioquia, celebran la exaltación a los altares, en calidad de beato, del jovencito Jesús Aníbal Gómez, seminarista de la orden claretiana.

En la flor de la edad (“in flore aetatis suae”, como reza un bello epitafio en el Cementerio Central de Bogotá) este aspirante al sacerdocio, en compañía de muchos otros, fue fusilado por las tropas socialistas en plena guerra civil española de los años treinta. Qué acto despiadado es adueñarse del destino y de la vida de sus semejantes y consolidarse el victimario como superior en un mundo en que se vive de los dones de la naturaleza, sin que nadie sepa “a dónde vamos ni de dónde venimos”, según el verso desesperado de Rubén Darío.

Escuchamos por la radio, en días pasados, el testimonio escalofriante de un capitán cubano que ultimó a sangre fría al Che Guevara en las montañas de Bolivia. Intercambiando opiniones con su víctima, el verdugo se despidió caballerosamente: “Lo siento, comandante, hice lo posible...”.

El crimen, la pena de muerte, los ajusticiamientos, con o sin fórmula de juicio, son muestras de inhumanidad, sin apelativos innecesarios. Escobar, en la serie El patrón del mal, impregnada de cinismo, les dice a sus sicarios obsecuentes, después de lo que llaman hacer una vuelta: “Muchísimas gracias”.

Este santito de Tarso, valeroso en su fe, muerto por el odio a la Iglesia y a sus clérigos, es beatificado con la premura y relativa facilidad con que los mártires de la religión católica dan ese paso sin discusiones mayores ni milagros explícitos.

No puede pensarse que las víctimas del otro extremo de la guerra de España, que terminó en el año 39, caídas bajo el fuego de las tropas nacionalistas, deban compararse necesariamente con las que fueron asaltadas en conventos e iglesias, gente civil, población sin armas. No se justifica ninguna de las dos ocasiones de muerte; víctimas de conciencia las hubo en ambas partes, pero éstas llaman a la solidaridad de la religión que proclamaron, anteponiéndola a las balas.

Que la suerte póstuma de estos mártires no genere lo que sería un recelo entre difuntos y sus deudos. Son cosas distintas: los unos mueren por una fe, los otros por una causa política. No hay problema en que la creencia recoja sus muertos y la ideología o, si se quiere, la historia política se encargue de los suyos.

Tal vez vendría a cuento la discusión en Colombia sobre víctimas y victimarios. Casualmente, aquellos que han practicado formas de tortura y vasallaje mortal a sus cautivos han llegado a decirse víctimas del conflicto. De todos modos la población civil siempre lo ha sido.

Dejemos, pues, a los santos quietos, así se envidie el cielo, que desde esta tierra de seres atónitos, se les otorga con certeza. Beato Gómez, y no estoy invocando a ningún político, ruega por nosotros.

 

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