Por: Lisandro Duque Naranjo
Lo divino y lo humano

El becerro de oro

Los 3.753 kilómetros de carreteras que construyeron las Farc en parajes remotos de Colombia los valora esa organización, en su inventario, en $196.622 millones. No son vías asfaltadas, y además son de una sola calzada, pero aún así vale la pena contrastar sus costos con los de la transversal Ocaña-Gamarra, cuyos 62 kilómetros de doble calzada, o sea 124 sumando la de ida y la de vuelta, ascendieron a un billón de pesos. Es decir que por 3.600 km de más, o si quieren le pongo la mitad, 1.800, como si hipotéticamente fueran dobles calzadas también, faltándoles el asfalto, las Farc cotizan su aporte vial a las víctimas —porque se supone que esas carreteras son para los campesinos, ya sin ninguna restricción de guerra— en cinco veces menos que lo que cobró Odebrecht —y sus beneficiarios de coimas— por 62 km apenas. Le dejo a la calculadora qué porcentaje son 62 km frente a 1.800 km. A mí eso me da 3,5 %. O sea que con la misma plata de Odebrecht, los guerrilleros hubieran podido hacer 96 veces más carreteras. Con doble calzada y sin asfaltar.

Y sigue la numerología: en su inventario, las Farc incluyen 242.000 ha de tierras, 20.724 reses, 597 caballos, 292 carros, $2.500 millones, US$450.000 y un tercio de tonelada de oro. Esto último es del tamaño de un becerro. Quito los trapeadores y las escobas para que los malintencionados no barran con ellos el resto de información. Y los platicos, para privar del bocado de cardenal a quienes han trivializado con minucias la consistencia del inventario. Aún así, esos utensilios suman $21.000 millones. En su inventario, las Farc valoran todos esos rubros, contando armas y municiones, en un billón de pesos, que fue el costo de la vía Ocaña-Gamarra. Obviamente, Odebrecht y sus coimas inflan mucho las obras, y las Farc subvaloran sus aportes. Que deberían incluir lo que se les debe por reemplazar al Estado en las zonas ignotas, donde fueron la contención al expansionismo depredador de las multinacionales y de los colonos insaciables con las áreas a sembrar de coca. Y también la autoridad que dirimía los litigios entre los vecinos. Todavía los echan de menos.

A los que preguntan por qué las carreteras hechas por la insurgencia constituyen un recurso digno de incluirse en el inventario se les informa que para la ciencia económica las carreteras son una mercancía. No se les podrá poner código de barras, ni llevárselas puestas para la casa, pero son un valor agregado. Obras públicas que, al renunciar quienes las construyeron al uso de las armas, se convierten en un activo fijo de la Nación que las hace disponibles a las comunidades y las regiones. Y sin pagar un peso por ellas. He ahí una forma de reparar a las víctimas.

El descontento de algunos funcionarios con el inventario es porque esto está lleno de avivatos a los que solo les interesa el cash, el billete en rama, para administrarlo y embolatarlo. Qué cuento de víctimas y de carreteras. Un “chin con chan” que se volvió una leyenda, un nuevo dorado, después de la guaca aquella que excitó la fantasía de muchos que compraron su recatón para, cuando hubiera paz en este país, irse a estrenarlo cavando en los teatros de operaciones hasta encontrar los barriles llenos de dólares. Pues les llegó la hora: la paz está servida.

 

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