Por: Columnistas elespectador.com

El bestiario de la ficción

Juliana Muñoz Toro

Ficción significa “fingir, inventar”, y no sólo en la literatura o el cine, sino en la realidad. Nos tomamos un café con alguien y le hablamos de cómo estuvo el día, nos detenemos en los momentos más felices y los más desgarradores, omitimos las partes aburridas. Ficcionamos —escritores o no— para llegar al final del día o para sobrevivirlo como Scherezades que alargan su destino. Ricardo Silva Romero nos habla en Ficcionario (Lumen) de este arte, el de inventar, como el antídoto para la vida simple. Lo hace antojándonos de ver las grandes películas de la historia; revelándonos el mundo interno de los personajes inolvidables de la literatura (“Alicia tiene mucho que ver con la sospecha de que jamás dejamos de ser niños”), y compartiéndonos sus sospechas como escritor acerca de los andamios con los que son construidas las ficciones. Esos andamios que, bien puestos, no se ven. Algo así como entender el truco de magia que es la escritura. Ficcionario es un “bestiario de la ficción”. Bestiario porque reúne relatos —escritos con el balance entre un ensayo y la charla desenfadada con un amigo— e imágenes de los “animales” tan reales que se crean en la fantasía. Es un libro para futuros creadores, sí, pero también para lectores, cinéfilos y amantes de las buenas historias, esas que tienen el poder de hacernos olvidar de nosotros mismos. El arte es una necesidad para “encontrarle ritmo a la realidad” y aceptar que interactuamos con máscaras que entenderíamos mejor si conociéramos a más personajes de la ficción.

Silva ha dicho que escribe no apoyándose sólo en el talento, sino en el oficio. Y esto es dedicándose horas, horas de “oficina”, cada día al teclado, a figurar cómo lleva a un lector hasta el final de lo que escribe, sea novela, columna, guion o poesía: “se ha menospreciado (…) a quienes trabajan y trabajan como si la ficción no fuera la prerrogativa del artista sino que fuera el oficio de cualquier artesano”. Y lo es.

Las ilustraciones que complementan este libro son excepcionales. Hernán Sansone retrató a personajes de la historia del cine, la literatura y el arte, pero transformó sus cuerpos en seres míticos, en criaturas de este bestiario. Puede que no volvamos a leer un libro igual, ni a ver cine de forma desprevenida. Pero lejos de no disfrutar por andar buscando el quiebre del relato, estaremos de acuerdo con que “una obra tendría que recibirse como se recibe una persona: justamente como otro, como el milagro lleno de pequeños hallazgos y pequeños misterios”.

 

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