Por: Juan Gabriel Vásquez

El Bicentenario: ¿la historia de quién?

EN ESTOS DÍAS DE BICENTENARIO los colombianos nos hemos dejado llevar por ese político que llevamos dentro.

Todos hemos soltado frases vacuas sobre la Independencia y hemos hablado de floreros, y algunos han discutido si florero o no florero, y otros si Bolívar o no Bolívar. Mucha gente anda celebrando y alguna cree que no hay nada que celebrar, pero muy pocos se han hecho la pregunta más importante: ¿qué historia estamos celebrando? En otras palabras: ¿a quién pertenece la historia que se celebra este año? Hace cinco años, en un discurso que dio en el PEN catalán, Salman Rushdie dijo que detrás de la batalla librada por Los versos satánicos —o sufrida por Los versos satánicos— había una pregunta esencial: ¿quién tiene el poder sobre la historia? Por historia se refería al relato de nuestras vidas, esa narración en la cual nos identificamos, por medio de la cual nos entendemos, la narración que construye nuestra identidad. Se pregunta Rushdie:

 “¿Quién tiene el poder de contar las historias de nuestras vidas y de determinar no sólo qué historias se pueden contar, sino también de qué forma se pueden contar, cómo se tienen que contar? Evidentemente hay historias en las que todos nosotros vivimos, la historia de la cultura y la lengua en las que vivimos, la Historia en la que vivimos y, de hecho, las estructuras éticas en las que vivimos, de las cuales una es la religión. ¿Quién debería tener poder sobre estas historias?”.

En realidad, la pregunta que está haciendo —la que navega por debajo de estas líneas, como un submarino— es otra: ¿deberíamos dejar ese poder en manos de esas entidades, el Estado, la Nación, la Iglesia? La pregunta ni siquiera tendría validez si éstos no fueran grandes narradores, pero lo son: tienen a su disposición todas las armas del mejor novelista y algunas que el novelista no tiene. Cuando se vuelve claro que la Historia es una narración cuyo narrador es el Poder, y por lo tanto que el Poder tiene y tendrá siempre la aspiración de contar nuestra historia, el papel de la literatura cobra una importancia brutal: la literatura se vuelve el espacio donde cuestionamos esa narración monolítica, donde contamos la otra versión, nuestra versión. Y ese enfrentamiento, la lucha de nuestra versión contra la versión oficial, de nuestro relato contra el relato impuesto desde otra parte o, simplemente, la lucha por el derecho a tener varias versiones en lugar de una sola, se libra en el pasado: en lo que recordamos, cómo lo recordamos, cuándo lo recordamos y, por supuesto, si podemos o no recordarlo en total libertad y sin miedo ninguno.

Yo no sé si eso pasa en Colombia. Éste es un país tan desmemoriado, tan hábil a la hora de olvidar lo que incomoda, que esta fiesta histórica tiene para mí un cierto sabor hipócrita. Junto al esfuerzo digno y admirable de muchos, hay otros empeñados en que celebremos una versión edulcorada y más bien infantil de la Independencia. En otras palabras: salvo casos muy contados, yo no veo que los colombianos hayamos recuperado el derecho de contar nuestra historia. Seguimos aceptando sin resistencia la versión de cartilla que nos llega, seguimos contando la historia de los otros, y de ahí esa sensación de estar caminando sobre una cinta eléctrica, sin avanzar, sin realmente llegar a ningún lado.

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