Por: Miguel Ángel Bastenier

El billar de las potencias

En la era que ya podemos llamar Clásica, cuando el mundo era bipolar, los peones se estaban quietecitos y el Gran Juego lo llevaban los dos Grandes.

Naciones menores parecía en ocasiones que podían romper la baraja como Vietnam al derrotar a Estados Unidos, pero los años que siguieron a ese ‘cruel abril’ de 1975 demostraron que la bipolaridad seguía intacta, EE.UU. y la URSS, por mucho que China gustara hablar de ‘tigres de papel’. Diferentemente hoy, el suicidio del Kremlin reforzado por la globalización hace que las potencias intermedias también puedan jugar al billar de la geopolítica, con tacadas de consecuencias tan múltiples como imprevistas.

¿Habría sido concebible en ese tiempo pasado que Arabia Saudí actuara con plena independencia y desacato de Estados Unidos? El presidente norteamericano, Barack Obama, había prometido severas sanciones militares a Siria si Damasco echaba mano de su arsenal químico; en innumerables ocasiones había enseñado los dientes a Irán por sus ambiciones nucleares, y no sólo el más mimado de los aliados de Washington, Israel, se siente por todo ello estafado, sino que en la mesa de billar global el gobierno de Riad amaga gestos de rebeldía inusitada.

La neo-independencia saudí viene, sin embargo, de más lejos. A la gran monarquía del Golfo no podía gustarle Sadam Hussein, porque costaba muy caro y no cesaba de alborotar el cotarro, pero le era sumamente útil como bastión ante Teherán. Con Bagdad de guardia, Irán era amenazador, pero no peligroso, y hete aquí que EE.UU. de Bush II destruyó en 2003 ese parapeto, dejando un Irak en vías de desintegración, de caótica dominación chií y francamente permeable a la geopolítica del vecino de su misma querencia islámica. ¡Adiós al funcional tirano de Bagdad! Y cuando parecía el momento, creía Riad, de ajustar cuentas a otro tirano, incluso contrario a los intereses saudíes, Bachar al Asad, Obama se traga sus palabras —dando muestras de gran prudencia, pero ese no es el caso— y pacta con Moscú un desmantelamiento de las armas sirias que, de paso, equivale a reconocer que Damasco ya ha ganado o va a ganar la guerra contra la rebelión suní, profusamente ‘dopada’ de seguidores de Al Qaeda. Y de nuevo Irán se beneficia de una operación que preserva en el poder a su ahijado geopolítico damasceno. A mayor abundamiento la ofensiva de ‘charme’ desplegada por el presidente iraní Hassan Ruhaní en la asamblea general de la ONU, abría en septiembre una vía para el deshielo de relaciones entre Washington y Teherán, que aleja a día de hoy cualquier idea de bombardear objetivos estratégico-nucleares en el país de los ayatolás. Arabia Saudí, aun siendo la gran monarquía suní de Oriente Medio, tiene una apreciable población de obediencia chií, como lo son la gran mayoría de iraníes.

Pero los motivos de preocupación tampoco acaban ahí. Obama hace gestos de disgusto y limita la cooperación con el gobierno militar egipcio que derrocó y va a juzgar a un presidente, miembro de la Hermandad Musulmana y democráticamente elegido, Mohamed Morsi, con el único fruto de que El Cairo también estile muecas de rebeldía. A los saudíes, que son más integristas que los Hermanos, pero no toleran ninguna competencia nacional-religiosa, les tiene que parecer que EE.UU. ya no es lo que era.

Y todo conduce hasta el golpe de efecto de Riad: la negativa a tomar asiento entre los miembros no permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, que es la advertencia más grave de desafección de un antiguo escudero a su gran patrón. Pero, llegados al punto en que las espadas están más o menos en alto, hay que hacer una última observación sobre el origen de toda la tacada: el conflicto árabe-israelí. La demostración de que EE.UU., desaparecida la URSS, no podía asumir por sí solo la unipolaridad, es su impotencia para mediar como ‘hombre bueno’ en la cuestión de Palestina, y presionar a las partes —no sólo a una de ellas— para que se tomen en serio la idea de la paz. Y la propia Arabia Saudí cuando rechaza esa diplomacia norteamericana de promesas incumplidas, está diciendo que la madre de todos los conflictos en el mundo árabe islámico es la ocupación de los territorios palestinos, que tanto contribuyó a crear el terrorismo —hoy francamente silencioso— de Hamás como impotente respuesta a la victoria de Israel en la guerra de 1967.

El mundo multipolar no puede ser grato de habitar para quien no hace tantos años parecía que lo tenía todo del bracete de Moscú. Y la aun modesta rebelión de un anciano monarca de un país tan ultramoderno como subdesarrollado, no tiene por qué ser la última. El mundo es hoy tan diverso que como en la obra del dramaturgo francés Gabriel Marcel, diríase que “Roma ya no está en Roma”.

 

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