Por: Hernando Gómez Buendía

El Brexit y nosotros

Inglaterra inventó la democracia o, más precisamente, la democracia para países con millones de habitantes y con muchas corrientes de opinión.

La esencia de ese invento es muy sencilla: elegir a unas pocas personas para que estudien los problemas colectivos, negocien los acuerdos y vayan ajustando las políticas a las nuevas realidades. El invento se llama parlamento, y el de Inglaterra lleva más de ocho siglos refinando la técnica para llegar a decisiones racionales.

Pero antes de eso existía la democracia ateniense, que funcionó en ciudades muy pequeñas porque los residentes podían reunirse y tomar decisiones racionales.

Y entonces los franceses y nosotros confundimos las cosas e inventamos una supuesta democracia mejorada que consiste en prescindir de los políticos para que el pueblo soberano tome directamente las grandes decisiones. La insensatez es obvia: el “pueblo soberano” no existe y por lo mismo no puede decir nada; lo que existen son millones de personas con ideas distintas, cambiantes y enredadas.

De modo que el error de los ingleses fue olvidar la democracia que ellos mismos habían inventado, y preguntarle al pueblo soberano si quería o no quería salirse de la Unión Europea.

Decidieron que la gente contestara “sí” o “no” a una pregunta con millones de variables, lecturas y consecuencias más o menos inmediatas. Por eso el “pueblo” dijo “sí” al Brexit, y ya han pasado 32 meses sin saber qué dijo el pueblo: nadie sabe cómo, ni hasta dónde, ni con cual alternativa separarse de la UE después de 46 años de un matrimonio supercomplicado.

Ahora “el pueblo” tiene dos salidas: no salirse de la UE o salir a las patadas. Los que no quieren salirse dicen, con razón, que el pueblo fue engañado porque los promotores del Brexit dijeron toda clase de mentiras. Solo que los del bando contrario también dijeron mentiras porque allá y en todas partes las campañas políticas consisten en mentir, o maquillar, o sesgar la información de lado y lado.

La salida que suena salomónica es por supuesto repetir el referendo: hoy los ingleses tienen más información y han sopesado bien las consecuencias de salirse o de quedarse en la UE. Solo que entonces los nuevos perdedores tendrían el derecho de exigir un tercer referendo…y un cuarto, y un quinto. O que si el Brexit vuelve a ganar, quedamos en las mismas. O que cualquier referendo repetiría el absurdo de contestar sí o no a una pregunta inmensamente complicada.

El parecido con nosotros no es pura coincidencia. Un acuerdo de paz de 310 páginas y sobre muchas cosas diferentes, que contestamos con un sí o un no. Mentiras de los de no y mentiras de los del sí. La victoria del no por unos pocos votos. La revisión del texto sin consultarle al pueblo soberano. El partido enemigo del Acuerdo que escoge al nuevo presidente. El nuevo presidente que congela las reformas, desfinancia el Acuerdo y ahora objeta su pieza principal, de modo que en resumen Colombia sigue sin doblar la página.

La moraleja del Brexit va más allá del limbo del Acuerdo de Paz: el pueblo soberano de Colombia no debe prescindir de los políticos, lo que tiene que hacer es elegir muy bien a sus políticos.

* Director de la revista digital Razón Pública.

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2019-03-17T00:00:48-05:00

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