Por: Hugo Sabogal

El brindis

Siempre sucede. Cuando nos detenemos a pensar en actos simples y profundamente arraigados en nuestra vida, casi nunca nos preguntamos de dónde vienen. Actuamos por imitación o por instinto, y nada más. Por ejemplo, ¿qué significa persignarnos,  estrechar la mano, dar a otro una palmada en la espalda en señal de apoyo o solidaridad, o guiñar el ojo? Y, más directamente en nuestro caso, ¿qué significa brindar? En verdad, nunca me lo había preguntado.

La curiosidad me la planteó la colega Marcia Rodríguez, editora de la revista Casa Viva Cocina, quien me obligó a consultar libros y manuales para tratar de hallar una respuesta. Y descubrí que las interpretaciones varían de acuerdo con las culturas.

Los primeros indicios surgen en tiempos de los griegos y los romanos, dos civilizaciones de la antigüedad que asignaron una enorme importancia al hecho de compartir bebidas durante actos sociales, celebraciones religiosas, declaraciones de victoria o manifestaciones de paz y acercamiento. (Y aquí hago una pausa para agradecer a los griegos la introducción de la palabra vino. La llamaron ‘woinos’ u ‘oinos’, y su origen se debe, quizás, a la evolución de algún término empleado por los pueblos de la Mesopotamia, donde se inició la elaboración de la bebida hace unos 8.000 años. Del vocablo ‘woinos’ se ha derivado la partícula ‘eno’ y las palabras ‘enología’, ‘enólogo’ o ‘enófilo’. De la misma raíz surgen las palabras ‘wine’ (en inglés), ‘wein’ (en alemán), ‘vinum’ (en latín), ‘vino’ (en italiano y español) y ‘vinho’ (en portugués).

Pero volviendo al brindis, las distintas recopilaciones asignan su comienzo a los grandes festines griegos y romanos. Era tal la cantidad de gente que participaba en tales bacanales, que una manera de llamar la atención de los sirvientes para llenar la copa o traer más alimentos era levantar estos recipientes y hacerlos sonar. Igualmente, se menciona la versión de que, conscientes de la manera como el vino alegraba los sentidos de la vista, el gusto y el olfato, los griegos y romanos comenzaron a chocar las copas para no dejar atrás el oído.

También se habla de la práctica entre comarcas rivales de celebrar acercamientos o victorias con un banquete donde corrían ríos del líquido carmesí. Temiendo posibles envenenamientos, los monarcas y nobles se acercaban y chocaban sus copas de oro o arcilla para que el líquido pasara de un recipiente a otro. De esta manera se cercioraban que si alguno de los contenidos ocultaba pócimas, todos morirían.

En la etiqueta formal, sin embargo, el ruido es de mal gusto y por lo tanto el ‘encuentro de los cristales’ se desaconseja. Basta levantar la copa. Pero entre amigos, todo se permite.

La expresión ‘salud’ al momento de brindar también tiene su interpretación. Algunas leyendas hablan de que esto se inspira en el deseo de los comensales de resguardarse de posibles deterioros o descomposiciones en los alimentos, dados los sistemas precarios de conservación. Entonces decían ‘a su salud’, esperando, al mismo tiempo, que las propiedades del vino ayudaran a una mejor digestión.

El surgimiento de la palabra ‘brindis’, en particular, se le abona a una leyenda militar difundida en el siglo XVI. Cuenta la historia que, al someter a Roma y saquearla, los soldados de Carlos V se detuvieron a celebrar, gritando, en alemán, la expresión bring dir's, que significa ‘yo te lo ofrezco’. Este término se incorporó luego en el latín y se trasladó a otras lenguas romances.

En cuanto a la necesidad de mirarse a los ojos en el momento de chocar las copas, para evitar, supuestamente, siete años de abstinencia sexual, no hay evidencia documental de tal creencia. Es más: muchos recomiendan mirar al fondo de la copa después del brindis.

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