Por: Julio César Londoño

El caballo, la rueda y el puñal

LA GUERRA HA SIDO LA MUSA MÁS EStimulante y el mecenas más generoso de los inventores. Los plásticos, la radio, los aviones, los carros, la tecnología láser, la energía nuclear, los alimentos procesados, internet y los radares son engendros que salieron o se perfeccionaron en laboratorios militares.

De modo que esos intelectuales que sonríen al escuchar la expresión “inteligencia militar”, deberían  corregir su gesto.


La complicidad entre guerra y tecnología es una vieja tradición. Empezó muy temprano, cuando el hombre sumó el control del fuego y los altos hornos (atmósferas confinadas y tiro forzado) y produjo los primeros utensilios metálicos. Desde este momento dejó de matar al prójimo a pedradas y garrotazos, con astillas de piedra o de hueso, y empezó a dirimir sus diferencias con una estocada limpia, con “el íntimo puñal”, con ternura, casi. Es en este momento, y no con el código de Hammurabi, como piensan los antropólogos leguleyos, cuando empieza la civilización.


En el alba de la metalurgia hay que destacar dos sucesos: la invención del bronce, una aleación de cobre y estaño que hizo las armas más bellas, duras y filosas, y la tardía aparición del hierro. Primero fueron la edad de piedra, de cobre y de bronce, y sólo luego vino la edad de hierro. Era un metal precioso porque nunca se lo encuentra en estado libre en la naturaleza, si descontamos los raros fragmentos de meteoros (tal vez estos fragmentos expliquen un verso que ha desvelado a los exégetas del Mahabharata: “Los pandavas eran invencibles porque tenían puñales caídos del cielo…”). Pero sobre todo, el hierro tardó porque su alto punto de fusión, 1.536°C, requirió la invención de hornos muy sofisticados. Aunque hoy es un elemento ordinario, su antiquísimo prestigio sobrevive en expresiones como “tiene una voluntad de hierro”.


Al principio, las lanzas y los puñales se fraguaban enterrándolos en el vientre del primer parroquiano que pasara por el taller. Se creía que el dolor de la víctima templaba el metal. En realidad era el nitrógeno orgánico el que hacía el trabajo. El procedimiento era mágico, pero la técnica era correcta.


Los caballos sólo fueron montados a principios del segundo milenio a. C. Al menos no hay testimonios textuales ni artísticos de su doma antes de esta fecha, ni se han encontrado columnas vertebrales de caballos con las microlesiones típicas generadas por el peso del jinete.


Con la doma del caballo y la invención de la rueda, ingenio que tenía para entonces mil quinientos años de antigüedad, todo estuvo listo para la aparición de los primeros carros de guerra, los precursores de nuestros tanques artillados.


Pero el perfeccionamiento del caballo como arma de guerra sólo se alcanzó en el siglo XI, cuando los chinos inventaron la silla, el estribo y la herradura. Apareció entonces la clase caballeresca y se consolidó el feudalismo, un sistema de producción que campeó en Europa hasta que otro inventó chino, la pólvora, precipitó su desaparición al equilibrar las fuerzas entre  infantes y  caballeros.


En China, la pólvora resultó un invento francamente “chino” porque el feudalismo no fue reemplazado por el mercantilismo sino por un mandarinato burocrático.


Aunque no viene al caso, digamos que tampoco funcionó allá la invención de la imprenta de tipos móviles (siglo XI) porque los miles de caracteres del chino enloquecían a los cajistas. Influyó también en este fracaso la debilidad del mercantilismo chino, un sistema incapaz de producir una demanda de libros tan vigorosa como la que se presentó en Europa desde finales del siglo XV.


A grandes rasgos, esta es la historia de los albores del arte de exterminar al prójimo, nuestra más cara especialidad.


 

 

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