Por: Francisco Gutiérrez Sanín

El cacique y la cautiva

HA MUERTO ÓSCAR GOLDEN, ESE clásico de la canción colombiana. ¿Quién no recordará con regocijo esa música fresca e inocente? Pues bien: de entre los muchos títulos que Óscar Golden inmortalizó, uno tiene candente actualidad: El cacique y la cautiva. Es que sintetiza bastante bien la relación entre el Gobierno y la justicia colombiana.

Como se sabe, aquella relación ha sido bastante tormentosa desde 2002. Pero se terminó de envenenar con la parapolítica.  El lector todavía recordará la insinuación del Presidente de la República, según la cual en la Corte Suprema de Justicia anidaban fuerzas que expresaban “el último coletazo del terrorismo”.  A eso se sumó el llamado a un referendo para revalidar la primera reelección de Uribe, manchada por el voto comprado de Yidis.  Pero, como en la maravillosa canción de Óscar Golden, el cacique se dio cuenta de que, por más que la chica estuviese cautiva, ciertas cosas sólo se pueden lograr por las buenas. En este caso, básicamente por restricciones internacionales.

En el intento de lograr por medio de la seducción lo que la violación nunca alcanza, el nuevo ministro del interior Fabio Valencia Cossio juega un papel clave. La figura de Valencia me parece bastante valiosa. Digo esto sin la menor ironía. Sí, es un político tradicional, pero a la vez es una persona sensata, que no grita (¿abundan en Colombia? ¿En el gobierno?), y que en muchas coyunturas ha jugado un papel positivo. El contraste entre Valencia y los anteriores ministros (el energúmeno Londoño, el tartamudeante Sabas, el cataléptico Holguín) es notable. Sin embargo, si Valencia aspira a hacer un buen ministerio, no sólo debe hacerle el trabajo sucio al cacique (parte inevitable de su cargo), sino también a veces hacerlo entrar en razón. Por el momento, pareciera estar concentrado única y exclusivamente en lo primero. La reforma a la justicia que presentó al Congreso es simplemente la suma de los propósitos originales y unas zanahorias que Valencia, fiel a su talante, decidió agregar (la cooptación; de hecho no creo que sea mala idea). Pero, por encima del nuevo estilo corderil que usa Valencia para impulsar esta enésima reforma, asoman las orejas de lobo del intento de mandar un salvavidas a los parapolíticos. Pues, en realidad, no se ve nada más detrás de la propuesta (un poco de concentración de poder aquí y allá; pero eso por el momento es marginal). Por eso el procurador general de la nación la calificó, con razón, de “manoseo”. Por eso la Corte Constitucional la dio por no recibida. Pidió además una sustentación adecuada. Pero es que probablemente no haya sustentación pública posible.

Hay un dicho gringo que me gusta mucho: “Si no está dañado, no lo arregles”.  Desde que tengo uso de razón, venimos refunfuñando: que la justicia era sólo para los de ruana, que nunca cogían a los políticos involucrados en delitos, y todos los etcéteras que se quieran agregar. A propósito, varios de esos enunciados eran parciales o simplemente erróneos; pero hacían y hacen parte de nuestro sentido común. Como fuere, si alguien los impulsó de manera particularmente estridente fue Uribe, quien se presentó al país como el campeón de la lucha contra la corrupción y la politiquería. Y justo cuando por fin la cosa funciona, cuando están apresando a gente poderosa que ha permitido, impulsado, a veces incluso cometido, delitos aterradores, deciden cambiarla. Qué error. El tema simplemente no debería estar en la agenda política.

Lo que está en juego es bastante importante. Si se da el mensaje público de que las autoridades pueden mezclarse impunemente con hampones, esto en el futuro –no muy lejano– se paga con litros de sangre, con desorganización del Estado, con subdesarrollo. No permitamos que suceda.

 

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