Por: Hugo Sabogal
Entre Copas y Entre Mesas

El café como experiencia

Voy a contarles cómo prefiero tomarme mis infusiones diarias de café (dos son suficientes).

Preparo mi primera taza alrededor de las diez de la mañana (la última, hacia las cuatro de la tarde).

Primero pienso en mi estado de ánimo. ¿Estoy para un café cargado o para uno liviano? ¿Busco un poco de calor interior o simplemente deseo encantar mis papilas?

En función de la respuesta, escojo uno de los varios orígenes que suelo tener en casa, porque valga decir que nuestro territorio produce café en 22 departamentos. Y ni hablar de los múltiples secretos de cada provincia.

Para una taza individual, utilizo 14,5 gramos de café en grano (es clave pesarlo en una balanza como forma de encontrar el equilibrio perfecto); lo muelo y me dejo llevar por la seductora fragancia de un fruto tostado que abandona su almendra y se hinche de oxígeno); caliento agua sin cloro por debajo de su punto de ebullición y recurro al V-60, mi método de filtrado favorito (un cono con un filtro de papel); trasvaso el café al cono y dejo caer el agua de manera uniforme para lograr una extracción controlada; aguardo a que las gotas desciendan a la pequeña jarra de cristal o directamente a la taza, y ahí me dejo transportar por el aroma resultante.

Justo entonces miro por la ventana y me entrego a un irremplazable momento de placer. Transcurrirán entre 15 a 20 minutos antes de llegar al último sorbo (porque el café muta a media que se enfría, develando otros misterios).

¿Exagerado? Antes que contestar esta pregunta, prefiero reafirmarme en mi convicción de que beber café es una experiencia sensorial única, que merece tiempo y paciencia. Claro, si no lo mezclo con leche, azúcar o demasiados alimentos revueltos, aunque, en ocasiones, acompaño un buen café con una torta de zanahoria, un trozo de queso suave, una tableta de chocolate negro o un sándwich con jamón.

Como nunca renuncio a este ritual, Ana María, mi esposa y cómplice, advierte en voz alta a quienes ofrezco una taza de café después de comer: “quien quiera echarse un motoso antes de que Hugo termine, siéntase en la libertad de hacerlo”.

Beber café es para mí –y para un creciente número de amantes de la infusión– una experiencia para los sentidos y una cuota de júbilo para el espíritu.

Por eso me siento plenamente identificado con los apartes del maravilloso libro El arte y la ciencia del café, editado por Britta Folmer, de Nespresso, y publicado por la editorial Elsevier. Este voluminoso y bien investigado trabajo cubre todo lo que encierra el universo del café: desde la germinación de la semilla hasta las últimas tendencias de consumo.

Dice Britta: “La industria del café ha cambiado de manera significativa en las últimas décadas. Antes pPensábamos en una bebida unidimensional y en un instrumento surtidor de cafeína. Pero ahora existe un considerable grupo de personas que bebe café como un acto sensorial”.

Y añade: “en el área de los cafés especiales, existen numerosos perfiles de aromas y sabores, así como innumerables historias de su origen y su terruño. Más aún: los consumidores que viven el café de esta manera también se interesan en saber quién lo cultiva y quién certifica su calidad”.

Beber café no sólo nos transforma interiormente, sino que constituye el mejor estímulo para quienes trabajan a diario sus cultivos en las empinadas laderas de este interesante e inimitable territorio cafetero.

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