Por: Eduardo Barajas Sandoval

El cambio que no llegó

Los gobernantes muy populares tienen responsabilidades mayores, porque acumulan más poder y cuentan con más apoyo para actuar.

Muchos de ellos, no obstante, terminan por alimentarse políticamente de su propio éxito y pueden caer en los pecados del populismo, la desinstitucionalización y la miopía ante la corrupción en la que suelen incurrir los favoritos del respectivo gobierno. Su estatura histórica no se debe medir entonces de manera inmediata por las apariencias de las épocas de gloria, sino un poco más tarde, cuando sea posible apreciar en perspectiva los resultados de su tarea.

En el episodio presente de su eterno drama nacional, los griegos se preguntan, en medio de las basuras regadas por las calles, sin buses, metros ni taxis, y pagando los impuestos de renta, patrimonio y valor agregado más altos del mundo, a quién más hay que insultar, o a quién hay que insultar más, como responsable del tsunami de la crisis económica que les golpeó súbitamente cuando por fin el gobierno de turno se atrevió a revelar la bancarrota del Estado. Si bien no es la primera vez que esta nación tiene que hacer un ejercicio colectivo de supervivencia ante el asedio o el dominio de factores extranjeros, el ataque de ahora tiene una índole inédita: la mezcla entre la corrupción e ineptitud de la clase política y la osadía de los aventureros de las finanzas.

Las circunstancias obligan a mirar hacia atrás, porque a nadie le cabe en la cabeza que semejante catástrofe se haya gestado en el curso de unos meses. Es entonces cuando se advierte que el único período de aparente tranquilidad y autonomía que tuvo el pueblo helénico en los últimos siglos ha sido el de su tiempo como miembro pleno de la Unión Europea. Décadas de prosperidad al debe, que si bien produjeron una ostensible transformación de las apariencias, incubaron el monstruo de la quiebra del erario.

Las recriminaciones son múltiples, cruzadas e interminables. La derecha acusa a la izquierda de haber abusado de los programas de nivelación con los restantes miembros de la Unión y de haber abierto las arcas públicas a una serie de beneficios sociales, a título gratuito, que el erario jamás sería capaz de sostener. La izquierda acusa a la derecha de no haber advertido la marcha hacia el abismo, al ocultar las verdaderas cuentas nacionales, y de haber hecho también su festín, al no repartir siquiera los beneficios del remolque de la Unión entre las clases populares, relegadas mientras representantes del sector privado siguen muy alto en la lista de los más ricos del planeta.

Los ciudadanos muestran su indignación y acusan al conjunto de la clase política por su ineptitud y su corrupción, lo mismo que a potencias extranjeras que se quedaron calladas y no hicieron sonar las alarmas de la Unión Europea, a pesar de estar enteradas de la situación, tal vez porque les interesaba seguir vendiendo armas al Estado Griego a precios favorables a su industria militar. Y acusan a los banqueros de haber inventado la forma de explotar y hacer explotar la situación.

Para todos resulta inevitable hacer una pausa y reflexionar, con la tradicional pasión helénica, sobre la figura del jefe político más popular de las últimas décadas, cuya bandera al caer la dictadura de los Coroneles, y hasta el fin de sus mandatos como Primer Ministro, en 1996, fue la del cambio: Andreas Papandreou, miembro de una de las familias políticas más importantes de los últimos cien años, hijo del legendario reformador de la década de los treinta del Siglo pasado, y padre del Primer Ministro de hoy.

Sin perjuicio de que subsistan fanáticos que no se atreven a dudar de la santidad política de los peores jefes, que por lo general han repartido favores y programas de corte populista, perece existir acuerdo al menos en una cosa: Andreas Papandreou fue, salido de la escena Constantinos Karamanlis y bajo cualquier medida, el más carismático y popular de los líderes de la vida política griega. Hasta ahí muy bien. Pero ya los analistas están yendo más allá, y precisamente sobre la base de la importancia que reviste semejante popularidad, consideran que es preciso establecer su enorme responsabilidad.

Fue capaz Papandreou, fundador del Movimiento Socialista Panhelénico, que tanto entusiasmo despertó en los sectores populares, en los medios académicos y en la izquierda europea, de llevar a cabo de manera verdadera, profunda y sostenible, el cambio que prometió? O terminó, por el contrario, enredado en la misma telaraña de tantos salvadores que despiertan expectativas pero no demuestran, a la hora de la verdad, la sensibilidad y la capacidad para conducir con tino los proyectos políticos que prometieron desarrollar.

El profesor Nikos Mouzelis se ha atrevido a cuestionar al inefable Andreas. Con motivo de los treinta años de entrada de Grecia a la Unión Europea, publicó en el dominical de TO BHMA (to vima – El Paso) un artículo bajo el título “Andreas no trajo el cambio”. Afirma allí que Papandreou, a pesar de dominar a voluntad su partido, ventaja que no tuvieron los más poderosos jefes griegos de los últimos tiempos, no supo aprovechar el patrimonio político que llegó a amasar. En lugar de eso permitió el florecimiento del populismo y del clientelismo, vehículos de la corrupción, de manera que regresó, sin pena, a las prácticas anteriores a la dictadura de los coroneles.

El cuadro se completa con la observación de que los gobiernos de Nueva Democracia, de centro derecha, que alternaron con el PASOK, también cayeron en las prácticas de la vieja escuela, de manera que el presupuesto siguió al servicio de un Estado generador de parasitismo que a cambio de votos dio visos de progreso, pero no condujo al cambio prometido. Que si se hubiera dado, puede inferir el lector, la nación no viviría las angustias de hoy.

Atenas Octubre de 2011

 

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