Por: María Antonieta Solórzano

El camino interior, entre lo sagrado y lo profano

Dice el proverbio chino: “No se cae la hoja de un árbol sin que tiemblen las estrellas”. Esto nos cuenta que todo lo que existe en el universo se conecta, que hay una ruta que vincula lo pequeño y lo grande, la vida individual con el infinito.

Un camino interior que, en nosotros los humanos, articula las acciones más sencillas del día a día con lo esencial indestructible.

Pero nuestras costumbres y creencias, enclavadas en la tradición patriarcal, nos alejan de esa vía. Más bien nos impulsan a sentir que habitamos en un mundo hostil en el que sólo el individuo más fuerte sobrevive, a suponer que la dinámica de la dominación y de la acumulación no nos desconecta de los otros y nos garantiza un lugar respetable en el contexto de lo profano.

La sociedad, entonces, deja de ser un espacio para convivir en la confianza y el amor.

Nos parece difícil imaginar lo sagrado habitando los lugares de trabajo, andando por los caminos o los bosques y menos aún existiendo cómodamente en la cocina de una familia.

Entonces, preparar alimentos para los seres queridos no es ritual sino una rutina más de la cadena productiva. La naturaleza no es nuestro hogar, es paisaje. Observamos nuestra vida en vez de estar despiertos, conscientes y presentes.

Un niño de unos 4 años caminaba con su madre por la playa, cuando se encontraron con un tronco que albergaba una colonia de caracoles. El chico tomó uno entre sus manos y siguió caminando. Unos pasos más adelante con consternación preguntó: ¿Crees que este caracol tiene mamá?

¡Gran pregunta! La madre entendió que el niño estaba despertando en su camino interior al preguntarse si él tenía derecho a apropiarse de la vida del caracol o si, por el contrario, lo que correspondía era corregir el error y devolverlo a la “madre” que lo cuidaba y sufriría si no lo encontraba.

Este niño al conectarse con la sabiduría del camino interior estaba descubriendo el sentido de cuidar, comprometiéndose a respetar la libertad y el destino de los otros, pero, sobre todo, intuyendo la violencia implícita en los actos de dominación.

Hoy día, 30 años después, este niño es un maestro de música que desde su ser interno aporta confianza y seguridad a cada persona con la que se encuentra, enseña cuidando las habilidades y la autoestima de cada uno de sus alumnos.

La invitación es: reconocer que la vida pasa por preservar los valores que hacen de la convivencia con el otro un espacio sagrado y alejarnos de las dinámicas de dominación que niegan la legitimidad de la vida.

 

*MARÍA ANTONIETA SOLÓRZANO

Buscar columnista