Por: Diana Castro Benetti

El camino más corto

Aunque pasen las lunas y los soles de medianoche, volver a lo esencial es la garantía de no perderse en estaciones de trenes y bifurcaciones de los caminos. La respiración, tan básica y tan primaria, es lo único que no puede faltarnos en el recorrido de los días.

Como vía al contacto con el mundo de adentro y como lazo con los eventos futuros, inhalar y exhalar con la conciencia puesta en las narices es más que una redundancia del lenguaje, porque para dejar de lado las pequeñeces y las agitaciones de los días hay que empezar por sentarse cómodamente y mantener los ojos enfocados un poco más allá de la punta de la nariz. El primer paso es la total atención a una inhalación tan corta como sutil y tan profunda como fluida que recorra el canal de la nariz para que termine alojándose en el centro de la frente.

Con la espalda recta, la atención puesta en las fosas nasales y los ojos abiertos, inhalar desde la dualidad de una realidad externa hacia la unidad interior y viceversa es una puerta hacia la comprensión y aceptación de lo imprevisto. La técnica de agochari en el sistema del yoga es el acto de mantener la conciencia, el cuerpo, las emociones y la mente amarrados en un solo punto, reconociendo que el camino más corto al equilibrio es el que va desde nuestra nariz hasta la frente.

Y también es un paso lleno de invisibilidades. Es un canal que le ofrece la lentitud a los afanes y que obliga a dar puntadas con finura. En el camino de regreso desde la frente hasta un poquito más allá de la nariz, se reconoce lo desconocido y se activan las intuiciones y percepciones que ajustan el olfato a la precisión de un futuro que se nos aproxima. Al imaginar lo inesperado, este corto camino de respiraciones muy suaves está lleno de guías para la acción, ajusta los planes a los propósitos y hace de los actos la precisión de una clepsidra. La amplitud de una inhalación abre el infinito; la delicadeza de la exhalación ofrece la conciencia ampliada a la certeza del paso siguiente.

No hay adivinación ni predicción, pero es en ese camino de retorno de la frente hacia la punta de la nariz, cuando se aplacan las codicias y las preocupaciones y cuando se comprende cada augurio y los designios de una onda invisible hacen de sus aromas realidades particulares. Practicar esta técnica es como vislumbrar una a una las esferas de los destinos de otros, pero, sobre todo, sentir las propias para que el destino nuestro deje de ser tan ajeno.

otro.itinerario@gmail.com

 

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