Por: Julio Carrizosa Umaña

El campo, la violencia y la economía socioecológica

Fue evidente, para muchos de los analistas políticos en la década de 1940, que el nombramiento de alcaldes conservadores y el consecuente despido de los empleados municipales liberales originó numerosas crisis en la economía familiar de las familias que durante los 16 años anteriores habían tenido en la nómina oficial alcaldes, empleados municipales, jueces, policías municipales, etc. La magnitud de esas crisis y la ira social consiguiente no pueden entenderse si no se tiene en cuenta la debilidad de la economía privada rural y en su concentración en la producción cafetera.

En 1947 se reinició la violencia partidista en el campo colombiano después de la elección de Ospina, un conservador moderado, culto e inteligente. No es que la violencia hubiera desaparecido completamente entre 1903 y ese año; hubo en casi todos los gobiernos muertes violentas, pero nada parecido a lo que denunció Gaitán al iniciarse 1948. Lo que sucedió en ese año y en los diez siguientes no puede explicarse ni desde el neoliberalismo ni desde el marxismo, porque tiene que ver con variables sociales y ecológicas que no se consideran importantes en esas ideologías. Variables de índole semejante pueden estar influyendo en lo que está sucediendo en estos meses en el campo colombiano. Una de estas variables es el ingreso rural, que proviene de las nóminas públicas en cada municipio.

Fue evidente, para muchos de los analistas políticos en la década de 1940, que el nombramiento de alcaldes conservadores y el consecuente despido de los empleados municipales liberales originó numerosas crisis en la economía familiar de las familias que durante los 16 años anteriores habían tenido en la nómina oficial alcaldes, empleados municipales, jueces, policías municipales, etc. La magnitud de esas crisis y la ira social consiguiente no pueden entenderse si no se tiene en cuenta la debilidad de la economía privada rural y en su concentración en la producción cafetera.

Estas debilidades y concentraciones obedecían a las características de nuestros ecosistemas, a la escasez de buenos suelos como los cafeteros, a las dificultades en el mercadeo originadas en el relieve y en la magnitud de las distancias, a que el clima es impredecible, a que en el trópico las plagas se multiplican cuando se alteran las poblaciones de la fauna silvestre.

Esa situación no mejoró sustancialmente en las décadas siguientes sino que se agravó por el aumento de la población, de 8 a 50 millones de habitantes, por el uso de agroquímicos y otros métodos que han alterado aún más los suelos, las aguas y la fauna, y por la firma de los tratados de libre comercio que han conducido a la importación de millones de toneladas de alimentos.

El papel dominante que en las décadas de 1940 ocupaban los presupuestos municipales no ha desaparecido completamente, pero está hoy superado con creces por el dinero ilegal del narcotráfico y cualquier posible modificación en su magnitud y distribución genera crisis y terrores mucho mayores. Ojalá los políticos aprendieran economía socioecológica y se dieran cuenta de que no es suficiente elegir un buen presidente.

 

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