Por: Juan David Ochoa

El canciller

La política exterior de Colombia es un desastre. Lo demuestra cada semana el canciller Carlos Holmes Trujillo en un atril dispuesto para sus cortos discursos diplomáticos que ahora solo intentan apagar los incendios de la vergüenza y el desconcierto de la comunidad internacional, que sigue sin comprender, semana tras semana, los desaciertos y las torpezas de un Gobierno inconcebible. Y es inconcebible por las extrañas maniobras de su gabinete, por los discursos retóricos y humanísticos y sus efectos inhumanos, por las excusas torpes ante errores monumentales, por la poca coherencia entre las palabras y los efectos de las decisiones en Palacio. Las fotografías expuestas por Iván Duque ante el mundo para demostrar la infiltración del Eln en Venezuela no tenían la más mínima rigurosidad de selección y revelaron la falsedad documental de sus intenciones. Ante el escándalo y la natural y rutinaria desaparición del presidente entre el humo y el ruido, aparece de nuevo el canciller ante la prensa estupefacta y responde con las argucias clásicas de un hombre formado entre la corrección, la evasión y las estratagemas. Dice que las pruebas son clarísimas y que las evidencias están allí para que sean evaluadas en público. Siempre hablando en futuro para mitigar el golpe presente del escándalo, vuelve a reiterar en una nueva semana que el Gobierno cumple a cabalidad con los requisitos y con la defensa de la diplomacia contra todo intento dictatorial en la región. Una retórica fácil de pronunciar y una promesa nebulosa de político amañado en las facilidades de las buenas formas. Llamaron a calificar servicios al jefe de inteligencia de las Fuerzas Armadas, Oswaldo Peña, y volvieron todos a los pasillos del poder para ajustar los desastres.

Pero antes de la última vergüenza ya había salido el canciller a capotear con sonrisa de bufón otros escándalos: los nombramientos de personajes desconocidos y extraños en embajadas y consulados con el único sustento público de ser defensores a ultranza del caudillo que gobierna en la sombra, o la incursión de Juan Guaidó en territorio colombiano en caravanas dirigidas por los Rastrojos. Sus respuestas, ante cada evidencia y obviedad que los deja públicamente entre el cinismo y la desfachatez, siguen siendo las mismas: una defensa delicada con sonrisa de caballero zorro y una etiqueta aprendida en los suburbios de los gobiernos en los que participó entre todos los cargos posibles para aprender la más alta de las lecciones de un político tradicional: mentir aunque sean abrumadoras las evidencias en su contra, matizar la vergüenza con gestos amables y siempre sonreír entre la tempestad, aunque se hundan su dignidad y su orgullo. Hasta hoy, la conciencia del límite y de la dignidad sigue bajando al ritmo acelerado de un naufragio gubernamental que aún no encuentra soportes en el abismo. Semana tras semana, su rostro cansado debe seguir apareciendo en la escena para justificar lo injustificable y defender lo indefendible, aunque los rostros de sus interlocutores cada vez le demuestren la incredulidad y el asombro. Mientras tanto, el presidente sigue escuchando los estruendos de su torpeza desde la sombra de su cuarto. El canciller siempre estará allí para limpiar su nombre.

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