Por: Gustavo Páez Escobar

El candidato de la paz

Hay un hecho significativo en el triunfo de Humberto de la Calle en la consulta liberal: sin contar con maquinaria política, derrotó al que sí la tenía, Juan Fernando Cristo. Ganó el voto de opinión. Con esto se pone de presente que el país rechaza el clientelismo que encarnaba el candidato cucuteño. Frente a tan precaria votación (el 2,12 por ciento del censo electoral), los partidos políticos están en el peor momento de su extinción paulatina, que viene de muchos años atrás.

La gente se ha desencantado de los partidos porque dejaron de dar respuesta a las ingentes necesidades que agobian a la población. Y no cree en los políticos en razón de la inoperancia y la corrupción que los dominan, no a todos, justo es decirlo, pero sí a buena parte de ellos. Triste realidad en un país que registra uno de los índices más pronunciados de inequidad en el mundo entero, y que por eso mismo reclama medidas prontas y eficaces de redención social.

De la Calle posee condiciones especiales para marcar otro tipo de liderazgo en el momento actual que vive Colombia. Su brillante carrera en la vida pública le confiere vasto conocimiento del país. Ha sido registrador nacional del Estado Civil, miembro de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, designado presidencial, vicepresidente de la República, dos veces ministro, magistrado de la Corte Suprema de Justicia, embajador ante la OEA, jefe del equipo negociador en el proceso de la paz. Este largo recorrido, junto con sus virtudes personales de probidad y sabiduría, le otorga el título de estadista.     

Como abanderado de la paz, misión que con lujo de competencia y con enorme sacrificio de su vida profesional y privada cumplió en La Habana durante 4 años,  su papel fue decisivo para lograr el acuerdo final, tras intensas y a veces ásperas conversaciones.

Colombia le cabe en la cabeza, tanto por su idoneidad en los cargos que ha ejercido, como por su conocimiento sobre el medio siglo de violencia que tanta sangre ha derramado a lo largo y ancho del país, y que deja más de 8 millones de víctimas. A pesar de ello, muchos colombianos se empeñan en desfigurar la realidad y poner cuanto obstáculo encuentran para obstruir el avance de las negociaciones.

La Jurisdicción Especial para la Paz –JEP– está atacada desde diferentes costados, no siempre para incorporar razonables enmiendas, sino con ánimo pugnaz y destructivo. Dice Laura Gil en su columna de El Tiempo del 22 de este mes: “El fallo de la Corte Constitucional, que permitió la introducción de modificaciones a los textos legislativos propuestos por el Gobierno, alteró la razón de ser del fast track”.  

No es fácil la tarea a que se enfrenta De la Calle. A la de por sí turbulenta atmósfera que vuelve caótico lo que debe ser manejable, se suma la ola de rumores, tergiversaciones y mentiras que se ponen a circular por las redes. El país está incendiado con la polarización y el estallido de los odios y las ruindades.

No podemos regresar a la guerra. No podemos “hacer trizas” lo pactado. Ojalá, como se propone acometerlo el candidato de la paz, se constituya la gran alianza nacional, por encima de los partidos, que salve a Colombia de caer en el precipicio. 

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