Por: Christopher Hitchens

El candidato Romney y su fe

Mitt Romner (candidato republicano a la Presidencia de Estados Unidos) parece creer que en relación con las grotescas creencias de su iglesia, la mormona, puede ofrecer dos réplicas. Además de negarse a contestar las preguntas sobre ellas, también quiere cosechar beneficios adicionales quejándose de que las personas continúan preguntándole sobre ellas.

La semana pasada, en una respuesta por video donde mostró repugnante beatería y autocompasión, Romney respondió a presuntos interrogadores antimormones, señalando que era “antiamericano” aludir a su “fe” especialmente “en un momento en que nos aprestamos a celebrar el Día de Acción de Gracias”, como si esa festividad tuviese algo que ver con la pregunta.

Un interés adicional le prestó a esta evasiva táctica un artículo escrito por Mark Hemingway en National Review Online. Según Hemingway, fue en realidad la campaña de Romney la encargada de organizar esas llamadas antimormonas, con el propósito de obtener beneficios políticos. Vamos a ver el método de Romney: usted alienta la formulación de una pregunta de modo tal que parece indebida. Luego adopta una actitud de ofendido y dice que está siendo perseguido por su fe. Esto, a su vez, desalienta a otros periodistas a plantear nuevamente la pregunta.

Según Byron York, quien ha seguido la gira de Romney para National Review, la técnica está funcionando. La mayoría de los periodistas se han puesto tácitamente de acuerdo para no preguntar al ex gobernador republicano de Massachusetts sobre los principios del culto mormón. Pero inclusive si preguntan, tampoco tienen mucha suerte. Cuando Bob Schieffer, de Face the Nation, preguntó si los mormones creen que el Jardín del Edén está o estuvo o estará en el gran estado de Missouri, Romney le dijo que eso debía preguntárselo a los mormones.

Sin embargo, en Iowa, el ex gobernador bajó la guardia cuando dijo que “la iglesia (mormona) asegura que Cristo aparece y divide el monte de los Olivos en Jerusalén. Y luego... que el mundo tiene su reino en dos lugares, Jerusalén y Missouri. Una ley vendrá de Missouri y la otra de Jerusalén”.

Hay que tomar en cuenta que Romney no es un simple mormón. Su familia es, y lo ha sido durante generaciones, parte del liderazgo dinástico del furioso culto inventado por el fraudulento convicto Joseph Smith. No es sólo legítimo que se le pregunte por las creencias que además de defender ha diseminado e inculcado en los niños: es además esencial.

Aquí está la razón más sobresaliente: hasta 1978, la llamada Iglesia de Jesús Cristo de los Santos de Nuestros Días era una organización oficialmente racista. Mitt Romney era un adulto en 1978. Necesitamos saber cómo se disculpó por su tesitura y escuchar su autocrítica, si por casualidad cuenta con alguna. El libro de los mormones, cuando no es “cloroformo impreso”, como Mark Twain lo señaló sin amabilidad, está lleno de una viciosa ingenuidad. De él uno puede aprender sobre la antigua batalla de Cumorah, que ocurrió en un lugar bastante cercano a la casa de Joseph Smith, en el norte de Nueva York. En este legendario encuentro, los nefitas, descritos como de piel clara y “hermosos”, pelearon contra los desterrados lamanitas, que por haberse apartado de Dios fueron castigados recibiendo una piel oscura. Más tarde, en el Missouri previo a la guerra civil y predicando contra la abolición, Smith y sus compinches anunciaron que había existido un tercer grupo en el cielo durante la batalla entre Dios y Lucifer. Este grupo había cometido el error de intentar permanecer neutral pero, tras la derrota de Lucifer, se vio obligado a marchar al mundo e insertarse en “los cuerpos del maldito linaje de Canaán; y por eso surgió el negro o la raza africana”.

Hasta 1978 no se le permitió a ningún negro estadounidense ocupar puesto alguno en la iglesia mormona. Tampoco ninguno de ellos fue admitido (no había de todos modos demasiadas aplicaciones) en los ritos sagrados del templo. En ese momento los mormones más ancianos tuvieron una “revelación” y cambiaron las reglas, poniéndose así, con retraso, en conformidad con los estatutos de los derechos civiles. Lo oportuno del momento (al igual que otra revelación abandonando la poligamia, que ocurrió justo a tiempo para impedir que a Utah le negaran el ingreso a la Unión) le permite a uno ser cínico respecto a la sinceridad mormónica.

De todas maneras, carece de sentido el gimoteo de Romney definiendo cualquier crítica o cuestionamiento como “antiamericana”. Los mormones ya han tenido que elegir dos veces entre sus creencias y los valores estadounidenses.

Al senador demócrata por West Virginia Robert Byrd se le ha preguntado sobre la vinculación que tuvo hace mucho tiempo con el Ku Klux Klan, y él era un miembro menor, no uno de sus líderes. ¿Por qué no se puede hacer lo mismo con Romney?

Un candidato negro vinculado a Louis Farrakhan puede esperar preguntas sobre si cree en la existencia del científico loco Yakub, creador de la raza blanca, o en el buque madre visitado por el jefe de la Nación del Islam. ¿Por qué hacer una excepción con Romney?

Hay que poner fin a la falsa reticencia de la prensa y a las ficticias sensibilidades que son su fundamento. Esto se extiende incluso a asuntos menos importantes. Si a los candidatos se les puede pedir que declaren sus preferencias en materia de calzoncillos, entonces contamos con un precedente. Y a Romney se le puede preguntar si, como un verdadero creyente, usa ropa interior mormona. ¿Qué hay de antiamericano en eso? En resumidas cuentas, Romney debe esperar que le formulen estas cuestiones tan importantes, y nosotros debemos esperar que no se ofusque ni gimotee más, sino que ofrezca respuestas claras y sin ambigüedades.

*Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, su ironía y su agudeza intelectual.c. 2007 WPNI Slate

Buscar columnista