Por: Arturo Charria

El canto de los copetones

“Los copetones se están extinguiendo”, me dijo una amiga que ocupa sus fines de semana observando aves. La causa es triste y bella: los pájaros tienen dialectos con los que se comunican entre sí y que varían según sus espacios geográficos; los ritmos de sus migraciones permiten que estos dialectos se transmitan entre generaciones. Si estos circuitos migratorios se alteran, el diálogo entre ellos también y no pueden encontrar parejas.

 Sin embargo, en las últimas décadas, los copetones que migran entre Bogotá y Boyacá no reconocen sus cantos. Los machos, que son quienes trinan para buscar pareja, han generado una diferencia entre sus notas y esto ha roto la comunicación entre ellos. Esta ruptura en el diálogo ha hecho que las migraciones no garanticen el encuentro, la construcción de nidos y la reproducción. Una sola nota de diferencia en su canto está provocando que uno de los pájaros más representativos de Bogotá, la sabana y sus humedales desaparezca. Incluso podría llegar el día en que la ciudad amanezca por completo en silencio.

La disminución de estas aves nos recuerda el sentido que tiene el diálogo en una sociedad. Es una dolorosa metáfora que nos habla de esas pequeñas distancias que poco a poco se vuelven insalvables. Un proceso lento en el que una alteración, por sutil que parezca, rompe un diálogo cuya fractura comenzó un día con un tono indebido. Pero en el país no solo se está afectando la comunicación entre estos pájaros, sino que se está quebrando en la sociedad, pues, aunque hablamos una misma lengua, no nos entendemos. 

El ruido, la urbanización, la contaminación y el tráfico han vuelto la ciudad un lugar insoportable para estas aves. Estos factores han obligado a los copetones a adaptarse y cambiar el tono de sus trinos en Bogotá. Por eso, cuando migran hacia Boyacá o viceversa, no se entienden y el viaje termina por ser estéril. En el caso de la sociedad colombiana el origen de la ruptura está en el Capitolio Nacional. Allí, en el centro de Bogotá y al sur de la Plaza de Bolívar, está el epicentro de la mayor contaminación auditiva del país. Ese es el lugar que refleja la incapacidad de entendernos y en donde el tono de voz de los parlamentarios simboliza la distorsión del diálogo entre los colombianos.

Basta con ver una sesión del Congreso para comprender que hablar no implica escucharse. En la Cámara y el Senado se grita, se ataca al oponente y se le descalifica en el plano personal. Las ideas no importan y tampoco les interesan a los medios de comunicación que celebran con titulares la agresión. Cuando alguien se encuentra exponiendo, los demás congresistas se levantan de sus asientos, hacen corrillos atrás, adelante y en los pasillos; se ríen, se ignoran y se insultan con su indiferencia: como si fueran los alumnos indisciplinados de un colegio.

 Los copetones cada vez suenan con menos frecuencia en las mañanas bogotanas. Al contrario, los graznidos del Congreso inundan la radio y la televisión, se viralizan en las pantallas de los celulares y los colombianos los imitan, como hacen los pichones con sus padres en las primeras semanas de nacimiento. Qué bueno que el silencio llegara para ciertos congresistas y no para los pequeños pájaros sabaneros o, por lo menos, que por primera vez comenzaran a escucharse en el Capitolio Nacional.

@arturocharria

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