Por: Aura Lucía Mera

El cartel

ESTREMECE VERLES LAS CARAS, LAS pieles grasosas, las cadenas de oro al cuello, los pantalones apretados resaltando los “supuestos cojones”, el machismo, las camionetas, avionetas, motocicletas, los tics, las miradas turbias, los dientes apretados, las “viejas” rellenas de silicona y traseros ídem, las casas llenas de mal gusto, las metralletas y las miradas llenas de odio y ambición.

Estremece repasar la historia. Aceptar que fue cierto. Reconocer que cambiaron nuestra historia. Seguir viviendo lo mismo pero con otros personajes. Estremece la contundencia de la realidad. Lo que quisiéramos ver sería ficción, ciencia ficción. Pero es la cruda verdad lo que el Canal Caracol, con su serie El Cartel nos lanza a la cara sin piedad. Nos avienta descarnadamente, para que no perdamos la memoria. Para que palpemos con asco y náuseas el infierno en que nos permitimos caer. El infierno que cohonestamos, que no quisimos mirar de frente, repudiar y parar desde sus comienzos.

Desde su inicio, no quiero sintonizar el canal. Pero me siento condenada a hacerlo. Se me revuelven las tripas pero no puedo desviar los ojos de la pantalla. Los dejo entrar en mi habitación, sí, con sus caras grasientas, sus miradas torvas, su ambición desmedida, su ordinariez y su sed de sangre y dinero. Me repugnan pero me obligan a ser testigo de sus crímenes y sus andanzas. Los demás canales, las demás noticias, pasaron a un segundo plano, porque las noticias de fosas comunes, de matanzas, de violencia sin fin, de anarquía, componendas, corrupción, chantajes, violaciones y atropellos son simplemente la secuencia de esta serie maldita, que se inició hace más de veinte años y que todavía no vislumbra su final. Me atrevo a decir, que en algún sentido, nos habíamos acostumbrado a convivir con ellas a cuentagotas, formaban parte del pan nuestro de cada día. Pero jamás nos las habían arrojado en compacto, en masa, en avalancha incontrolable.

El Cartel vuelve a golpear. Retorna con fuerza de terremoto, socava como un tifón enloquecido. Sacude hígados y eriza pieles. Una serie que hubiéramos deseado que jamás se hubiera realizado. Que su guión fuera el de algún esquizofrénico víctima de sus propias alucinaciones. Que la historia jamás correspondiera a la realidad. Pero no. Es una condensación magistral de la narcotragedia que, repito, partió en dos la ya triste historia de nuestro país, y la sigue fraccionando. No la recomiendo. Pero me parece una obligación verla. Los millones de colombianos que prendemos un aparato electromagnético al anochecer, estamos en la obligación moral de repasar nuestra historia reciente. Sólo con la memoria fresca, y el asco de nuevo incrustado en la médula, podremos algún día decir Basta de traquetos, de siliconas, de latifundios de muerte, de narco-barrios, de acabar con esta cultura de droga, dinero fácil y sangre que sigue arrasándonos sin piedad. Nuestra sociedad actual es el resultado de lo que se inició como una pequeña bola de nieve y se convirtió en una avalancha que hasta ahora nadie ha podido detener.

Ojalá jóvenes, estudiantes, adolescentes, hombres y mujeres al permitirle al Cartel entrar cada noche en sus casas, se den cuenta de que este no es el camino, que si se sienten tentados no caigan en la trampa, que si ya están recorriendo el sendero, se cambien de andén. Cero tolerancia a traquetos, lavadores de dinero, matones, sicarios, guerrillos, paras y etc... sacudámosnos la narcochusma contaminada para ayudar a reconstruir un país diferente. El que nos merecemos, en el que no hace mucho se respiraba mejor. El Cartel. Un asco necesario. ¡Chapeau! Definitivamente, la realidad, por lo menos en Colombia, supera la ficción.

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