El cartel de los 18

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En la columna del domingo pasado hacíamos mención de la sentencia de Burke en la que afirma que media docena de chicharras ocultas bajo la yerba, con sus inoportunos chillidos, hacen creer que son las únicas que habitan la pradera. Y los 18 líderes del Comité Nacional del Paro, el cartel de los 18 (y que son mayoritariamente líderes sindicales), asumen que ellos —y solo ellos— son los representantes exclusivos de los 47 millones de colombianos, los únicos con que el presidente Duque puede negociar. Sobra decir que la pretensión del cartel de los 18, en cuanto a representatividad, es ridícula. Un reciente estudio del Ministerio de Trabajo señala que de los 24,7 millones de colombianos económicamente activos en el país, solo el 5,8%, o sea 1’424.048 personas, están afiliados a sindicatos. El cartel, que a lo sumo representa el 50% de los afiliados, hipotéticamente habla por un minúsculo 2,7% de la población y, sin embargo, pretenden —con una arrogancia que bordea en la demencia— que ellos representan a todos los colombianos.

Y regresando al paro, el cartel de los 18 no percibe que el 71 % de los colombianos están contra el paro y el 99,9 % en contra de los encapuchados, de los vándalos y de los miserables que arrojan piedras y papas bomba, que saquean locales y que incendian y destruyen el transporte público. Van hasta el viernes pasado más de 300 policías heridos, cuatro asesinados, centenares de negocios saqueados y familias arruinadas y cinco empleados del supermercado Ara en cuidados intensivos. ¿Será que los miembros del cartel, acompañados de las barras bravas de la izquierda radical de Petro y Cepeda, lo que buscan es generar pánico, producir desconcierto y asustar a la gente para que no salga y ellos copar esos espacios? En realidad, los que salieron a la calle fueron alrededor de 300.000 personas, y en los cinco días subsiguientes al paro, los grupos de manifestantes difícilmente alcanzaban las 5.000 personas. La gran prensa, sin embargo, les sigue haciendo eco: en un reportaje de El Espectador del 26 de noviembre, @laurisospina habla del “sexto día de estas multitudinarias marchas” (cuando se trataba de unos pocos miles de personas), y afirma que la ciudadanía “le achaca al presidente haberse reunido primero con los mandatarios locales que con los sectores sociales que marchan en contra de su gobierno”. Es posible que a la periodista se le haya olvidado que 22 millones de colombianos votamos el pasado 27 de octubre por nuestros representantes en las alcaldías y gobernaciones y que ellos tal vez tienen más derecho de ser escuchados que el cartel de los 18.

Apostilla. El docente de la UN Boris Duarte, en artículo en Razón Pública, afirma: “Pero, en gracia de discusión, si se tratara de un ejercicio político (el paro) convocado por una organización continental identificada con, por decir algo, el pensamiento marxista, ¿cuál sería el problema? ¿Por qué cerrarle el paso a una de las corrientes del pensamiento político que ha hecho tan valiosos aportes a la comprensión de las sociedades contemporáneas y al avance de los derechos humanos?”. No podemos olvidar que dentro de “los valiosos aportes al avance de los derechos humanos”, los semidioses del marxismo (Stalin, Mao, Pol Pot, los Castro, las Farc) en los últimos 100 años han asesinado a más de 100 millones de personas. Se sobreentiende, don Boris, que por supuesto el magnicidio de los 100 millones fue en nombre de los derechos humanos.

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