Por: Julio Carrizosa Umaña

El caso de Bogotá

Ya se está investigando lo que sucede en Bogotá. Hay varias hipótesis planteadas, pero los científicos están todavía lejos de ponerse de acuerdo acerca de cuál es la causa de los cambios de comportamiento que genera el vivir en esta altiplanicie.

Gentes de los mejores antecedentes cambian después de vivir algunos meses en la capital; abogados ilustres, economistas importantísimos, ingenieros magníficos, damas señoriales, empresarios transparentes, cuando viven aquí, empiezan a comportarse inusitadamente.

Los cambios no siempre tienen las mismas características. Algunas personas empiezan a comportarse erráticamente, otras se tornan violentas, algunas se vuelven tímidas, inclusive hay unas que comienzan a parecerse a los bogotanos raizales. Muchos de estos cambios no son socialmente importantes, pero hay quienes al cambiar se convierten en verdaderos peligros para la estabilidad de la sociedad. Me refiero a los que se convierten en provocadores de asesinatos y robos o en ladrones o asesinos.

Algunos ambientalistas hemos afirmado, un poco temerariamente, que todo esto se debe a la escasez de oxígeno en la atmósfera a 2.650 metros de altura; otros han hablado de la calidad del agua, de la contaminación del aire, del ruido permanente, de la humedad, de los íntimos contactos en las muchedumbres. Hoy parece que los médicos y los biólogos han introducido otras hipótesis, tal vez alertados por lo que sucede en sus propias profesiones, y se habla de bacterias y de virus que se han desarrollado en esta extraña ciudad.

El cambio en el lenguaje es uno de los síntomas más frecuentes de la presencia de estos procesos peligrosos; gentes ponderadas e ilustradas, antes capaces de elaborar discursos complejos, empiezan a usar cada vez menos palabras, a repetirlas, a utilizar frases hechas, a apelar a insultos cuando se refieren a personas que antes admiraban. En el ámbito político, cada vez es más frecuente reducir la situación a palabras como uribismo, castrochavismo, fascismo, dictadura, golpe de Estado, revolución. La exageración recomendada por García Márquez se ha convertido en trinos, la minimización, el uso de diminutivos para evitar reacciones violentas se ha vuelto una estrategia diaria. El insulto se ve ahora como una delicadeza intelectual.

Algunas de estas formas de hablar son comunes a los bogotanos, yo mismo simplifico o me abstraigo demasiado en estas columnas cortísimas, pero nunca pensé que íbamos a contagiar a toda la clase dirigente.

 

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