Por: Andrés Hoyos

El castillo de naipes

PRESUMÍAMOS QUE LA HERENCIA DE Álvaro Uribe constituía una gran fortaleza, pero no había tal: cuando la transición democrática le dio un pastorejo, la fortaleza se derrumbó como un castillo de naipes. Conviene mirarnos un poco en este extraño espejo.

La primera conclusión ineludible es que Uribe tenía más poder que autoridad y que, despojado de aquél, el panorama se desbloqueó. El Partido de la U está demostrando, como se sospechaba, que no es de verdad, y no sorprendería que en un tiempo se disuelva entre las formaciones más caracterizadas, al igual que sucedió con el Partido Nacional de Rafael Núñez, el Uribe del siglo XIX. Según eso, Colombia seguirá sumida en ese ambiente mazacotudo en el cual no existen verdaderos partidos políticos que garanticen la continuidad de las ideas y de las políticas, dado que los Verdes y el Polo viven sus propias crisis.

Uribe la veía venir. De ahí, supongo, la mala cara que hacía durante la ceremonia de posesión. Ahora, en efecto, tendrá que desempolvar su diploma de abogado para defender a los muchos miembros de su gobierno que han ido cayendo bajo las jurisdicciones disciplinaria y penal por cuenta de las maturrangas que hicieron para favorecer a su jefe, les haya dado él órdenes expresas o no. No la tienen fácil los Aranguren, los Pretelt, los Palacio y los Giraldo. El jefe de todos, claro, está a salvo. Dado su espíritu revanchista y su notable olfato político, Uribe intentará revertir las pérdidas aprovechando cualquier rendija que se abra. Ya se verá si logra algo.

El derrumbe del castillo de naipes, que amenaza incluso a la propia noción de reelección inmediata, ahora en tela de juicio, no es obra en últimas del presidente Santos, sino del principio de alternación democrática. Lástima, aunque volver a la prohibición de la reelección presidencial inmediata sería muy benéfico para el país, creo que Semana piensa con el deseo cuando la ve tambalearse, pues es muy poco probable que la Corte Constitucional se anime a revisar una de sus propias sentencias. Juan Manuel Santos, por su parte, no va a mover un dedo al respecto.

El otro edificio que paradójicamente también se tambalea es el del antiuribismo militante. Sin su odiado enemigo para hacerlo blanco de sus dardos, uno los ve deambular perdidos por cafés y restaurantes. Los más resignados ya empezaron la conversión a la religión oficialista, mientras que los que prefieren no ser santistas de penúltima hora, tampoco hallan un flanco propicio para atacar al nuevo gobierno.

Lo esencial es saber si éste irá más allá de la obvia oportunidad de la transición y consigue rectificar de veras algunos de los desatinos más crasos del uribismo. Por lo pronto, las ilusiones alternan con las alarmas. Se habla de resolver el problema agrario, aunque ni el dinero disponible alcanza ni existen las leyes apropiadas para hacerlo. Se habla de reformar la justicia, pero ya le están surgiendo enemigos al proceso, y falta ver si la propuesta toca lo esencial. Otro tanto sucede en los temas de la salud, de la ley de víctimas, de la reforma política y de las regalías.

La condición deficitaria del erario constituye la prueba de fuego. Santos aseguró en su campaña que no subiría las tarifas de impuestos y que no era necesaria una reforma tributaria. ¿Se tragará el sapo de renegar de sus promesas? Si no se lo traga y no le encuentra la comba al palo, corre el riesgo de un fracaso estruendoso. Se oyen apuestas.

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