El castrochavismo, un fantasma efímero

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El castrochavismo es la idea más poderosa de la campaña presidencial de 2017-2018, pero tiene pies de barro.

Ninguna define mejor el debate político entre dos alternativas, entre pasado y futuro. Ninguna otra se facilita tanto para la comprensión y la interpretación del grueso del electorado.

Pero, sobre todo, ninguna interpreta mejor la cultura política colombiana, que desde hace 70 años gira alrededor del combate del comunismo. Desde que Laureano Gómez acusó a Alfonso López Pumarejo de “bolchevique”, pasando por la “solución” criminal a la amenaza de Jorge Eliécer Gaitán, por los bombardeos estilo Vietnam a las imaginarias “repúblicas independientes” de Álvaro Gómez y el medio siglo de combate sin tregua a las guerrillas marxistas terroristas, lo que ha dividido y unido al sistema político colombiano ha sido el pavor al comunismo y la idea de que solo con el uso de la fuerza es posible frenarlo.

Frenarlo, porque el establecimiento colombiano ha vivido obsesionado con la inevitabilidad de la toma comunista del poder si no se le proscribe por la fuerza. La pesadilla del castrochavismo es en el fondo la conciencia de ilegitimidad de una parte de la élite —la derecha que recurrió a dividir al establecimiento con esta polarización feroz al estilo laureanista— que considera que, puesto a escoger, el pueblo insatisfecho elegirá indefectiblemente la alternativa populista comunista.

En algún momento pudo haber cierta razón en la tesis de que el proceso de paz con las Farc tenía un origen y un riesgo castrochavista. El cambio de Hugo Chávez de apoyar la lucha armada a impulsar la búsqueda de la paz en Colombia se debió a que se convenció de que el conflicto colombiano era un freno para su proyecto de expansión latinoamericana, porque entronizaba a la derecha y le daba entrada a los Estados Unidos. Seguramente pensó que con las Farc actuando desde la democracia tenía mayor capacidad de intervención y de éxito político. Cualquier ciudadano intuye que ese propósito estuvo detrás del apoyo de Cuba y Venezuela al proceso de paz, y por eso es tan efectiva la imagen del castrochavismo.

Pero la figura de la amenaza castrochavista hoy tiene dos enormes debilidades, que la hacen falaz y populista. Primero, que Hugo Chávez murió hace años, y con él el poder expansivo del chavismo, que más que ideología tenía la fuerza del caudillismo populista latinoamericano. Segundo, que el modelo chavista fracasó rotundamente y el castrista entró en una fase de apaciguamiento con el capitalismo. Con la destrucción del modelo económico y político, el chavismo perdió su atractivo para las masas y los recursos económicos y diplomáticos para expandirse.

Esas grandes debilidades intrínsecas hacen muy posible que antes de las elecciones presidenciales de 2018 el fantasma se haya desvanecido. Para ese entonces es posible que hayan ocurrido dos acontecimientos que harían ver la amenaza castrochavista aún menos convincente de lo que es hoy. En marzo las Farc habrán fracasado en las elecciones legislativas, o al menos demostrado que en la democracia no son un factor decisivo, como lo eran armadas. Y es posible que la crisis venezolana haya tenido un desenlace en que el chavismo esté perdiendo influencia.

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