Por: Mario Fernando Prado

El Cauca embalsamado

NOS DUELE EL CAUCA Y COMPARTIMOS el dolor de ese departamento poblado en su inmensa mayoría por gentes tranquilas y laboriosas.

Cuando uno ve las espeluznantes imágenes de los soldados acribillados a mansalva en un acto criminal premeditado y escucha las declaraciones de los sobrevivientes, no puede menos que estremecerse.

Quienes finalmente hemos creído en la apuesta por la paz, tragándonos todos los sapos del mundo y contrariando el pensar de amigos para quienes somos unos traidores, sentimos el desasosiego que producen estos asesinatos que van en contravía de un proceso que, por espinoso que sea, no debería contemplar tales acciones guerrilleras.

Seguramente la reanudación de los bombardeos —que no debieron suspenderse— arrecie las acciones militares de ambas partes produciéndose un retroceso en La Habana, alejando la posibilidad de un cese bilateral que entorpecería aún más la firma de la tan anhelada paz, pero era la única salida que tenía Santos distinta a levantarse de la mesa de conversaciones echando al traste años de conversaciones, de luchas, preacuerdos e incomprensiones.

¿Qué que va a suceder? Que se rompió la confianza en la palabra de las Farc y que de ahora en adelante todo puede suceder porque esta agrupación guerrillera es capaz de cualquier cosa y para muestra el botón de lo sucedido en el Cauca. Lo grave es que mientras ello sucede en esta región de nuestra geografía, por un lado están los indígenas reclamando su pachamama, el narcotráfico sembrando marihuana y cocaína, el paramilitarismo aliado con quien, y por otro unos gobiernos, el regional sin un centavo y el nacional un tanto alejado de lo que allí se sufre.

He ahí, pues, el caldo de cultivo para una expresión fuerte y desesperada de una población inerme que no sabe si prenderle una vela a Dios para que la proteja u otra al diablo para que no la mate...

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