Por: Óscar Alarcón
Macrolingotes

El centenario de Álvaro Gómez

Fueron dos personajes que conocieron muy bien al país, amigos en la vida y contradictores en política. Me refiero a Álvaro Gómez y Alfonso López Michelsen. Ambos alcanzaron a estudiar en el mismo colegio de los jesuitas en Bruselas (Collège Saint-Michel). Mientras el primero se inició muy joven en la política, el segundo ingresó a esas lides cuando su padre estaba retirado, luego de haber sido dos veces mandatario de los colombianos. Lo único que le faltó a Gómez fue ser presidente de la República (y también ministro) y en cambio López Michelsen sí alcanzó a llegar a esas dignidades.

La prematura participación en política de Gómez, al lado de su padre, en los años del sectarismo, le creó una imagen que no pudo quitarse de encima a pesar de que a finales del siglo XX fue un hombre de apertura, de planteamientos liberales, como propulsor la elección popular de alcaldes. Su participación en la constituyente del 91 fue definitiva para consolidar la hoja de ruta de un país con los postulados de las constituciones europeas de posguerra.

“Colombia es un país conservador que tiene la mala costumbre de votar por los liberales”, le oí decir en más de una ocasión. Creo que tenía razón; hoy no, el país sigue siendo conservador y vota conservador. Otra fuera nuestra nación si le hubiera dado la oportunidad a Gómez de dirigirla.

Siempre me he preguntado: ¿por qué lo asesinaron? En esos momentos era un pensador, sin mayores ambiciones, ya sin ninguna posibilidad de llegar a la jefatura del Estado y con el único propósito de conseguir lo mejor para Colombia, buscando un acuerdo sobre lo fundamental.

Con motivo del centenario de su nacimiento se han publicado unos textos sobre su pensamiento. Tocará reelerlos para recordarlo porque lo que tuvo Gómez fueron lectores. Le faltaron e… lectores.

 

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