Por: Manuel Drezner

El centenario de Mahler

En estos días se cumplen cien años de la muerte de Gustav Mahler, uno de los grandes compositores del post-romanticismo. Cuando Mahler cumplió, el año pasado, 150 años del nacimiento, no fueron muchas las manifestaciones que hubo en Bogotá en este aniversario y es de esperar que este año lo conmemoren más.

Este compositor, a quienes muchos consideran la culminación del romanticismo musical, ya que después de él se abrieron nuevos caminos de música moderna, tuvo la misma suerte de otra culminación, la de Bach como ápice del barroco. Lo que Bach hizo fue tan extraordinario para la historia de la civilización que sus contemporáneos no pudieron entender esa cumbre y lo olvidaron por mucho tiempo y sólo los esfuerzos pioneros de Mendelssohn, casi un siglo después de su muerte, lograron que su genio fuera nuevamente recordado. Con Mahler, indudable cumbre del romanticismo, sucedió lo mismo. Por muchos años, con excepción de los esfuerzos solitarios de algunos directores como Mengelberg y Walter, su obra fue ignorada y únicamente en la década de los años cincuenta esa música muchas veces sublime volvió a ser tocada y el público se encontró con asombro con un compositor de gran expresividad y de contenido emocional notable.

Hoy día, a los cien años de su muerte, este atormentado músico ocupa un lugar de preferencia en el gusto de los melófilos y su obra, que no es abundante pero en la que sí se puede decir que no hay presa mala y cada día se interpreta más. La inmensa pasión que reflejan sus sinfonías, la serenidad de obras como La canción de la tierra y la dulzura de sus canciones, en especial las del vagabundo, muestran una mente musical superior, con las marcas indudables del genio. Como director de orquesta y de ópera acabó con muchos de los vicios interpretativos que estaban de moda en sus tiempos, cuando prácticamente un cantante podía hacer (con la falta de respeto que eso implicaba) lo que quisiera con la partitura. Sus problemas, originados en la persecución a que fue sometido en todos sus puestos por elementos reaccionarios y la dudosa fidelidad de su esposa Alma, quizá ayudaron a crear esa obra emocional que legó. Cuando Mahler iba a morir, dio la instrucción de que en la lápida de su tumba sólo figurara su nombre, sin más explicaciones. “Los que vengan a buscar mi tumba —dijo— sabrán quién fui y los demás no tienen necesidad de saber”. Hoy día no hay amante de la música que no sepa quién fue Mahler.

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