Por: Rafael Rivas

El centro desolado

DICE LA ECONOMÍA POLÍTICA MOderna que, en ciertas situaciones, por ejemplo en regímenes presidenciales, el equilibrio político tiende hacia un sistema bipartidista.

En estos casos, habrá un partido político de derecha y uno de izquierda. Conquista el poder aquel que, luego de asegurar su base, logra desplazarse hacia el centro para “capturarlo”. Y eso no siempre es fácil pues, para asegurar su base, los candidatos buscan colocarse, primero, en el extremo donde se encuentra el centro de gravedad de su propio partido.

Al presidente Santos parece que le ha sucedido algo peligroso. Habiendo ganado las elecciones desde la derecha, como sucesor de Uribe, comenzó desde el inicio de su gobierno a desplazarse hacia el centro, tratando de ganarse un espacio propio. Pero Uribe rápidamente se disgustó con su sucesor y comenzó a sabotearlo desde la derecha. Con lo cual no fue largo el camino que alcanzó a recorrer Santos antes de tener que empezar un folclórico baile pendular. Dos pasos para adelante y dos para atrás. Un día reconocía a las víctimas de pasados desafueros militares. Otro día reestablecía el fuero militar. A veces pregonaba ser un traidor a su clase; a veces parecía satisfecho con el statu quo. Santos quedó a la deriva. Pero en el limbo político colombiano, que se caracteriza por una confusión de partidos cuya identidad no es clara, Santos no tenía rivales muy definidos a sus costados.

Esto parece haber cambiado. Por una parte, en una maniobra inesperada, Navarro y Petro se apoderaron de la izquierda y del cascarón del Partido Verde y se han constituido en una fuerza con posibilidades serias. Petro era más débil cuando se convirtió en Alcalde que Navarro, ahora que quiere ser presidente. Por otra parte, Uribe ya le dio forma electoral al malestar de la derecha y constituye una amenaza real para Santos. El presidente quedó, de repente, en el desolado centro, que en el lenguaje de la economía política, no es un equilibrio estable. Tiende a colapsar bajo el embate de la izquierda y la derecha.

Por supuesto que el mundo no es tan sencillo como las teorías que pretenden explicarlo. Y el presidente goza de ventajas apreciables. No solamente se encuentra ya en el poder, sino que los opositores tienen problemas graves. El jefe de la derecha no puede ser candidato y sus lugartenientes no tienen su misma estatura. Y la izquierda, que no se ha convertido todavía en un movimiento moderno, tiene jefes cuyo paso por las armas puede resultar una desventaja seria, especialmente si se prolongan las conversaciones en La Habana. Pero, de todos modos, en las últimas semanas, se ha visto al presidente muy solo en medio de la multitud. No sería raro que, buscando un terreno más firme, vuelva a desplazarse, figurativamente,  hacia uno de los costados. Y esto lo haría tratando de robar las banderas de sus contrincantes.

Tanto la derecha uribista como la izquierda petrista son movimientos populistas. Así que cuesta trabajo imaginar a Santos tratando de ser más populista que sus contrincantes, en parte porque esa es una receta que huele bien desde la oposición, pero es tóxica si el Gobierno pretende ser responsable. (No es sino ver el esfuerzo que le costó al Gobierno reducir el precio de la gasolina en 1%, para satisfacer una travesura del Partido Liberal, que también chapucea en el centro). Entonces no sería por ese lado. La bandera más fácil de robar, por lo tanto, parecería la de quitarle a la derecha la posibilidad de hacerle oposición al proceso de paz. Esto no va a callar a Uribe, quien encuentra en cada paso de su sucesor un motivo de profunda insatisfacción. Pero dadas las dificultades de La Habana y el aparente desgano de las Farc por alcanzar el tipo de acuerdo que la opinión pública quiere, no sería sorprendente que el presidente se juegue una de las pocas cartas que le quedan.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Rafael Rivas