Elecciones 2018: Colombia elige presidente

hace 14 horas
Por: Juan Gabriel Vásquez

El champú y la justicia

A MÍ, QUE NO TENGO PÁGINA DE Facebook ni interés alguno en tenerla, las cosas que pasan allí me llegan rara vez y no suelen ocupar mi atención más tiempo del estrictamente necesario.

Pero ahora me cuentan (quienes se preocupan por mi voluntaria marginación de ese lugar mágico donde sucede todo) que ha comenzado a funcionar un grupo que se presenta, si no cito mal, con las siguientes palabras: “Bin Laden ha muerto. ¿Puedo subir mi champú al avión?”.

Detrás del chiste más o menos ingenioso navega una pregunta legítima: ¿qué pasa ahora? Pronto se cumplirán diez años de los brutales atentados del 11 de septiembre, cuando nuestro mundo cambió de manera definitiva, y se están cumpliendo ocho del momento en que un presidente indigno y fantoche se puso un uniforme que le quedaba grande y se subió a un portaaviones en el que se veía pequeño para hacer el ridículo en dos palabras: “Misión cumplida”. No: George W. Bush no cumplió la misión, ni ésa ni ninguna, como no fuera la de instaurar en el mundo una legalidad travestida, una nueva moral pública en la cual la tortura es legítima, la presunción de inocencia no existe y en su lugar está Guantánamo, un territorio donde el imperio de la ley y eso que llamábamos derechos humanos han desaparecido sin que nadie pueda hacer nada al respecto. La muerte de Bin Laden ha sucedido en este mundo habitado por nosotros, los que hemos renunciado a la libertad persiguiendo una seguridad que nadie ha visto todavía.

Al Ángel de la Historia le gustan las ironías, por no decir los francos sarcasmos, y es sin duda por eso que el encargado de eliminar al terrorista más buscado del mundo, símbolo del mal absoluto, ha sido el presidente de nombre Hussein. Perseguido por la derecha racista del Partido Republicano, por los racistas voceros mediáticos de esa derecha (encarnados en esa ignominia con peluca que es Donald Trump), Obama acababa de hacer pública su partida de nacimiento cuando le cayó en las manos la posibilidad de hacer realidad el sueño húmedo de Dick Cheney. A él, que llegó al poder prometiendo el cierre de Guantánamo, que fue crucificado por los conservadores tras pronunciar el discurso de El Cairo, le ha tocado decir a los Estados Unidos las cosas que los Estados Unidos querían oír: que el mundo es más seguro ahora; que se ha hecho justicia.

Y claro, el problema es que nada de eso es cierto. No es más seguro el mundo, o por lo menos no lo será como resultado de la muerte de Bin Laden: si Al Qaeda está en horas bajas es por los movimientos de libertad que han recorrido el mundo árabe de Túnez a Siria, y no por la ejecución sin fórmula de juicio de un líder terrorista que ahora puede muy bien convertirse en mártir. Y no: no se ha hecho justicia. En realidad, lo que ha ocurrido en Abbottabad es lo contrario de la justicia: es una venganza. Y, por más que la venganza nos satisfaga en algún rincón oscuro de nuestros instintos más primitivos, por más que pensemos en las víctimas del asesino Bin Laden o sus seguidores en Nueva York y Madrid y Marruecos e Indonesia, tendremos que darnos cuenta tarde o temprano de que su asesinato podrá ser un éxito militar, pero es sobre todo un fracaso lamentable y ominoso de la legalidad internacional, una nueva concesión que la civilización ha hecho a la barbarie.

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