Por: Salomón Kalmanovitz

El chavismo sin Chávez

Lo mejor del legado chavista es que no construyó instituciones con qué perpetuar su socialismo del siglo XXI, facilitando el surgimiento de una sociedad política más fluida hacia el futuro. Eso afirman Acemoglu y Robinson en su blog.

En efecto, Chávez gobernó sin el apoyo de un sólido partido, no edificó un sindicalismo fuerte ni contó con organizaciones de la sociedad civil que aplicaran su ideario, bastante confuso, por cierto. Podría hablarse incluso de que Venezuela fue orientada por una beatería entre católica y marxista.

Chávez desplazó a los partidos políticos de base oligárquica que alternaron el poder con largas dictaduras unipersonales. Ellos capturaban las rentas petroleras y, en forma similar a como lo hizo Chávez, repartían una parte entre la población. La diferencia es que la renta fue mucho mayor en los 14 años de chavismo y rindió más los regalos con el apoyo de los médicos, maestros y deportólogos cubanos. La renta le alcanzó incluso para apoyar con millones de dólares en subsidios a Cuba, Nicaragua, Bolivia, a los pobres de Nueva York y para comprar bonos de la devaluada deuda argentina. La renta petrolera venezolana se tornó así en propiedad privada de Chávez.

La constitución bolivariana fue excluyente de la oposición y concentró el poder en la presidencia, cuyo período se alargó a seis años. El sistema bicameral fue reemplazado por una cámara única, más pequeña y manejable por el Ejecutivo. Las cortes fueron empacadas por defensores del régimen y de ellas no se espera imparcialidad alguna. Los medios de comunicación privados fueron silenciados y sólo queda uno, pero amordazado. Los canales públicos vociferan todo el tiempo en contra de la oposición. No hay pues límites ni contrapesos frente a la presidencia. De esta manera, según Acemoglu y Robinson, “el poder personal y la influencia desmedida de Chávez quedaron atados a la desinstitucionalización y a la personalización de la política venezolana”.

Chávez no pudo construir una organización sindical sólida porque destruyó buena parte de la base productiva del país. Persiguió al capital privado para desorganizarlo en política; los desequilibrios macroeconómicos agudos (inflación, devaluación y control de cambios) lo debilitaron más aún. Si era de esperarse que fortaleciera el capital público, tampoco lo hizo: PDVSA proveyó de sobreempleo a los cuadros chavistas, se convirtió en administradora de los programas sociales del Gobierno y fue ordeñada de sus utilidades, incluso endeudándola considerablemente. Se descuidó, en consecuencia, no sólo la inversión sino incluso el mantenimiento de los pozos. La consecuencia fue una reducción de la producción diaria de 3,2 a 2,5 millones de barriles de petróleo.

El crecimiento promedio entre 1999 y 2012 fue de sólo 3% anual, a pesar de que los precios del petróleo alcanzaron niveles nunca antes vistos: entre 100 y 150 dólares el barril. La contabilidad del PIB incluye el gasto del sector público, que fue mayor que el valor agregado destruido en la industria, la agricultura y en la propia actividad productiva estatal.

A lo largo del proceso, el pueblo venezolano fue dignificado por un presidente mulato que extendió la educación a todos los niveles. Los servicios sociales gratuitos hacia futuro dependerán de que se mantenga la renta petrolera. El partido chavista sin Chávez se disgregará y surgirán nuevas fuerzas políticas que contribuirán, ojalá, a una Venezuela más democrática e incluyente.

 

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