Por: Santiago Montenegro

El ‘Che’ tenía razón

AL POCO TIEMPO DE LA TOMA DEL poder, en Cuba, el Che Guevara comenzó a decir que había que crear “un hombre nuevo”, un ser guiado exclusivamente por la unión fraternal con sus semejantes y no por el afán del lucro, un ser entregado a la causa de la sociedad y no a un proyecto personal. Con ese nuevo ser humano se crearía la sociedad comunista.

¿Ese ser humano realmente existe? Para tomar dos ejemplos extremos en el tiempo, en Fedro, Platón da a entender que no es viable, pues el ser humano es como un carruaje tirado, al mismo tiempo, por un equino que representa la razón, pero también por otro que representa los sentidos, el afán por alimentarse, por calmar la sed, por satisfacer los apetitos sexuales y, en general, por todos los instintos y sentimientos egoístas. Más de dos milenios después, al recibir el Premio Cervantes, Octavio Paz presentó una definición del ser humano igualmente realista y brutal: “Cada hombre es un ser singular y cada hombre se parece a todos los otros. El hombre es un ser precario, complejo, doble o triple, habitado por fantasmas, espoleado por los apetitos, roído por el deseo: espectáculo prodigioso y lamentable. Cada hombre es único y cada hombre es muchos hombres que él no conoce: el yo plural”.

Contrario a estas dos interpretaciones, el economista y filósofo francés Bertrand de Jouvenel, a mediados del siglo XX, pareció darle la razón a una visión como la del Che, cuando argumentó que una sociedad y un ser humano como el que quería construir el revolucionario argentino han existido siempre. Son los hombres y las mujeres de las comunidades monásticas, quienes efectivamente viven en total fraternidad, absoluta igualdad y dedicados a la causa común de su sociedad.

Pero, por supuesto, hay una diferencia crítica. Mientras el socialismo exige un hombre nuevo, fraternal y hermano de sus semejantes, no renuncia al bienestar material. Más aún, siempre y contra toda evidencia, alegó que el bienestar material fue superior al de las sociedades democráticas liberales.

En las sociedades monásticas, por el contrario, los monjes se unen, no por interés propio, sino por amor a Dios y su relación altruista respecto de los bienes materiales se debe a que no los valoran, los desprecian. Su reino no es de este mundo.

El problema de la sociedad comunista y de sus proyectos intermedios, como el socialismo bolivariano, es que tratan de resolver la cuadratura del círculo: pretenden fundar una sociedad monástica, pero sin la fe que es su causa y sin renunciar al bienestar material. Y, como no lo logran, promulgan la fe, la fraternidad y el bienestar por decreto. Así, sacrifican la libertad y, con ella, el mismo bienestar material que quieren lograr. Pretendiendo crear el paraíso en este mundo, acaban dejando de proveer bienes materiales esenciales, como los alimentos y los productos de aseo.

Las democracias liberales tienen, por supuesto, muchos problemas, pero jamás han pretendido reinventarse a los seres humanos. Para bien o para mal, aceptan que la mayoría de los humanos somos racionales y podemos lograr acuerdos, pero también estamos espoleados por los apetitos y roídos por el deseo. Ese espectáculo prodigioso y lamentable, del que habla Octavio Paz.

Así, el Che tenía razón. Con los seres humanos, tal y como son, no hay forma de crear la sociedad comunista.

 

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