Por: Cecilia Orozco Tascón

El chip de la guerra

¿Al fin es cierto que las Farc estaban preparando un atentado contra el expresidente Uribe o no? Este es el momento en que los ciudadanos que oyen, ven y leen noticias no lo saben.

 ¿Fue un invento de la ultraderecha civil apoyada por Inteligencia militar, Inteligencia policial u otras agencias estatales de seguridad para dinamitar los avances en Cuba? ¿Se trata de un informe serio de la misma Inteligencia, con bases que se pueden constatar? ¿Por qué los más altos funcionarios del Gobierno sostuvieron una cosa primero y después la contradijeron desvirtuándola sin la contundencia requerida dado el impacto que la mera confusión podría generar en el futuro de las negociaciones?

El recorrido de esta grave información no pudo ser más tortuoso: el ministro de Defensa, curiosamente punta de lanza del antiproceso a pesar de pertenecer al Gobierno que está sentado con la guerrilla, ‘reveló’ la existencia del supuesto atentado; el presidente Santos lo respaldó a tal punto que le pidió encontrarse con su enemigo de hoy para hacerle la advertencia y para aumentarle, todavía más, su ya numeroso esquema de protección, que pasa por los 300 hombres de la Policía, 66 del Ejército, 35 de la Unidad de Protección, 35 vehículos, 20 motos y 5 cuatrimotos que le cuestan al Estado $1.100 millones de presupuesto mensual, según reporte oficial. El exmandatario les da las gracias y aprovecha para despacharse contra la guerrilla; los medios recogen las declaraciones anteriores sin pedir detalles; todo el mundo da declaraciones sobre la gravedad del hecho y anticipa la terminación de los encuentros entre los antagonistas. Y después, el presidente asegura que la noticia es “vieja”, pero deja en el aire que podría haber elementos “nuevos”.

La Casa de Nariño debería aceptarlo: la mayor falla en su estrategia en torno al proceso de paz es su indefinición política sobre si avanza o retrocede en La Habana, y su consiguiente desconcierto cuando entrega información. Adivina uno que el presidente quiere firmar con las Farc pero molestando lo menos posible a las Fuerzas Armadas que han estado en combate, a las fuerzas militares de la reserva, tal vez las más recalcitrantes contradictoras de cualquier arreglo que no signifique una rendición absoluta y humillante de la contraparte. Y a los civiles legales e ilegales representados en su ideología, precisamente por Uribe. En resumen, a aquellos a los que Otto Morales Benítez, en frase célebre, llamó los enemigos agazapados de la paz. Una vez que el jefe de Estado resuelva si presentará su nombre para una nueva candidatura, deberá tomar una decisión final y asumir las consecuencias de ella, sin arrepentimientos. Cuando lo haga a favor de continuar en la mesa como se espera que sea, tendrá que empezar por contratar ‘ingenieros de sistemas’ con peso específico ante los grupos derechistas con el fin de desactivarles el chip de la guerra, ese que llevan tan hondamente clavado en sus cerebros y en su conducta que ya no pueden imaginar la vida desde otra perspectiva distinta a la de la muerte.

Entre paréntesis.- A propósito de la falta de orientación en la información, el ministro de Agricultura Lizarralde es el campeón: cada vez que se defiende de las preguntas que legítimamente le formula el senador opositor Jorge Enrique Robledo, debilita su presencia en el gabinete. Sus argumentos son flojos y su soberbia no le ayuda. Su más reciente error fue darles publicidad a unas grabaciones espurias, viejas y ya divulgadas. El eje de su torpeza, que compromete los objetivos de uno de los programas bandera de la administración, es creer que nos puede engañar a todos sacando de contexto unas frases del congresista del Polo. Ni tan brutos ni tan tontos, señor ministro.

 

 

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