Por: Carolina Sanín

El chisme de la novela

Debía escribir sobre alguna novedad editorial, pero me puse a leer La cabeza cortada, una novela publicada por Iris Murdoch en 1961.

Durante tres días todo lo que hice fue enterarme, como si oyera chismes, de los cuernos que se ponían y se quitaban unas personas que vivían en Londres y que ya deben estar muertas; unas personas que, de todas maneras, ni siquiera existieron en realidad, pues son personajes literarios. Voy a contar toda la trama, porque quizás el libro no se consigue y porque quizá la función de estas columnas, en vista de los precios de los libros en Colombia, debería ser la de sintetizar argumentos.

La cabeza cortada tiene tono de farsa y trata de un sexteto amoroso, o de un hexágono, según si a uno le parece que estas formaciones se parecen más a grupos musicales o a figuras geométricas, y según si le parece que sus miembros son más como intérpretes o más como lados de una misma cosa. Martin ama a su esposa, Antonia, y a su amante, Georgie. Un día, Antonia le cuenta que es amante de Anderson, y que se quiere casar con él, aunque no quiere salirse del todo de su actual matrimonio. Se forma entonces un trío entre Martin, Antonia y Anderson. Luego Antonia se entera de la infidelidad de Martin, y se forma un amago de cuarteto con el trío anterior más Georgie. Martin se enamora a continuación de Hope, la hermana de Anderson, y la encuentra en la cama con Anderson, quien decide dejar a Antonia para seguir en su incesto. Georgie conoce al hermano de Martin, Alexander, y se compromete con él. Pero Alexander está enamorado de su cuñada, Antonia, de quien ha sido amante en secreto durante años. Georgie se trata de suicidar, fracasa y se va a vivir a América con Anderson, mientras que Hope se queda con el protagonista.

Con su sistema cerrado de dobleces y traiciones, La cabeza cortada pone en evidencia la obsesión de los novelistas con el adulterio. Hace que el lector se pregunte por qué el doble juego amoroso parece una fuente inagotable de desarrollos literarios; si no será que hay algo en él que toca la médula misma de la experiencia novelística. Después de todo, el miedo del amante a la traición es el miedo a que un tercero sepa algo sobre él que él mismo desconoce; el miedo a que otros cuenten y escuchen una historia que lo tiene como personaje sin él saberlo: una historia que lo convierte en personaje de ficción, en alguien que está muerto, que vive en un país muy lejano o que nunca existió.

 

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