Por: Manuel Drezner

El ciclo de pianistas

En el Teatro Julio Mario Santo Domingo se ha venido presentando un ciclo de conciertos con distinguidos pianistas, el cual ha tenido muchas cosas de interés.

Una de ellas es el descubrimiento de un coloso del piano, tan bueno como cualquiera que se haya oído en la ciudad, el inglés Peter Donohoe, quien en un programa con una Sonata de Prokofiev, el ciclo completo correspondiente a Suiza de los Años de Peregrinaje de Liszt y unos preludios de Rachmaninov (entre ellos el otrora popular en do sostenido menor, que alguna vez hizo decir al mismo Rachmaninov que él se imaginaba el cielo como un lugar donde no se oyera ese Preludio) mostró a un artista acabado, con una técnica increíble y sobre todo con una musicalidad ejemplar, que pone la técnica al servicio de la música.

Otro de los hechos de interés fue la solicitud de algunos de ellos, en especial el francés Pascal Rogé, de que no se aplaudiera cada número del programa sino que si había aplauso este fuera únicamente al principio y al final. Se trata evidentemente de un artista sin vanidad, de aquellos que no busca el aplauso por cualquier medio y que entiende que muchas veces el aplauso de cortesía se interpone entre la música y el intérprete. Ojalá esa fuera una tendencia que se repitiera. Los programas en general fueron de música no interpretada con frecuencia, aunque uno se pregunta si era necesario oír la transcripción para piano solo de Simon Mulligan de la Rapsodia en Blue de Gershwin, un ejercicio al cual no se le ve ningún objeto y que muestra que definitivamente la versión original fue muy superior. Si en lugar de esto el pianista hubiera tocado completos los Trozos de Fantasía de Schumann, de los cuales sólo se oyeron unos cuantos, y en vez de dos de los bellísimos Impromptus de Schubert nos hubiera dado los cuatro de ese número de Opus, el suyo hubiera sido un programa inolvidable. Tal como se presentó no pasó de lo rutinario.

No estoy muy seguro de que la hora de las once de la mañana para los conciertos sea demasiado ideal: escuchar música requiere de más concentración de la que uno pueda tener recién levantado y con el hambre del almuerzo en ciernes. Ojalá el Teatro reconsiderara esa hora que muchos creemos que no ayuda a que el concierto sea completamente exitoso.

Hay que mencionar, finalmente, que también se presentó el cellista Mischa Maisky, uno de los más ilustres de este siglo y que en un bello programa con tres suites para cello solo de Bach mostró que la fama de que venía precedido no era gratuita. La temporada musical en el Santo Domingo ha sido de gran categoría y por eso se señalan esos lunares menores pero que ayudarían a crear recitales inolvidables.

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