Por: Eduardo Sarmiento

El cierre subterráneo

En la información divulgada por diferentes fuentes el país muestra serios retrocesos en materia de competitividad y más concretamente del comercio internacional. Los resultados previstos por el libre comercio no se cumplieron.

La explicación la señalé en “El modelo propio” hace diez años. En razón de que la economía colombiana tiene ventaja comparativa en productos de escasa demanda, no había ninguna posibilidad de que el país pudiera sostener el crecimiento económico y el balance en las cuentas externas mediante el libre mercado.

De tiempo atrás, la economía se ha visto abocada a una severa revaluación que configuró un déficit en cuenta corriente y precios domésticos muy superiores a los internacionales. Ante las protestas y las inminentes crisis de múltiples sectores, el Gobierno procedió a cubrir las diferencias con aranceles, subsidios, baja de impuestos y salvaguardias. Los mismos que abrieron la economía en los últimos 20 años la cerraron en pocos meses. Tanto las importaciones como las exportaciones se desploman.

Todo esto ocurre en el momento que el Congreso aprueba el TLC con Corea. Los ponentes deben saber que la productividad de ese país es varias veces mayor que la de Colombia y que la diferencia es mayor que la de los salarios. El anuncio es una notificación de que todos los productos industriales elaborados en el país se podrán adquirir en Corea a menores precios.

La organización comercial se basa en subsidios y aranceles que están proscritos, significan un estado irregular y, en cualquier caso, no pueden sostenerse indefinidamente. Las medidas quedan expuestas a demandas en la OMC y aplicaciones por períodos que le introducen incertidumbre a la economía y los sectores. Lo grave es que no pasan la prueba mínima de consistencia. Por una ventanilla se aprueban TLC y por otra se aplican restricciones para que no ingresen los productos del tratado.

Los hechos confirman que el diagnóstico de liberación comercial que el país hizo estaba equivocado. Simplemente, no era posible mantener el sistema económico con el solo mercado externo y la regulación exclusiva del tipo de cambio. La economía quedaba expuesta a un déficit en cuenta corriente insostenible y a la total desprotección de la industria y la agricultura, en contravía del interés nacional.

El país cayó en la trampa del fundamentalismo del comercio internacional. En las concepciones ideales se considera que los países se especializan en las actividades de ventaja comparativa y adquieren las otras en el exterior. Fue necesario que el país se especializara en minería y servicios, y adquiriera la mayor parte de los bienes industriales y agrícolas en el exterior para que se entendiera el exabrupto. Las condiciones son muy distintas a las de Chile, que tiene la tercera parte del tamaño y goza de una enorme demanda por sus productos de ventaja comparativa, así como puede darse el lujo de prescindir del mercado externo y mantener altos niveles de exportación sin mayores sacrificios de salarios. La economía colombiana se parece más a Brasil, que ha sido el gran precursor de la armonización de los mercados externo e interno.

La lección es clara: Colombia no tiene las condiciones para operar dentro de las directrices de libre mercado determinado por el tipo de cambio flexible, el abandono de los aranceles y los TLC. La especialización en minería y servicios no le permiten impulsar el crecimiento y el empleo. De hecho, se plantea la necesidad de un marco que permita conciliar los mercados externo e interno y propiciar el desarrollo industrial y agrícola. Habría que renegociar los TLC, adoptar un nuevo régimen cambiario, limitar la inversión extranjera y levantar la proscripción a los aranceles.

 

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