Sí a mi vida por una generación consciente

hace 3 horas
Por: Guillermo Zuluaga

El cine rememora a uno de sus pioneros en Colombia

El arte, y la sociedad misma de la que es espejo, a veces posibilita extrañas e interesantes simetrías. En 1926, el magnate y empresario antioqueño Gonzalo Mejía produjo y dirigió la película Bajo el cielo antioqueño, que narra la historia de amor entre Lina y Álvaro, dos miembros de la élite medellinense, quienes al no tener beneplácito del padre de la mujer, deben enfrentar muchas dificultades. Ese amor turbulento fue la excusa para mostrar el paisaje y las costumbres antioqueños. En esta cinta, que es parte del patrimonio fílmico colombiano, actuaron y participaron muchos miembros de la familia Mejía.

Casi 100 años después, el empresario antioqueño Iván Obando escribe y dirige la película Me llevarás en ti, que narra la fallida historia de amor entre el magnate Gonzalo Mejía y la condesa polaca Isolda Pruzinsky, quienes se conocieron en Europa a principios de siglo XX, pero dadas sus diferencias sociales y culturales vieron truncado su romance. La historia, si bien ocurre una parte importante en Roma, París, Leningrado, es “disculpa” para mostrar el paisaje y algunos rasgos de la región antioqueña. Y como en Bajo el cielo antioqueño, también varios miembros de la familia Obando participan del filme.

Aquel episodio de la vida del empresario llegó a oídos de Obando gracias a la cercanía con Luis, hijo de Gonzalo Mejía, quien le contaba sobre su padre. Inicialmente fue un libro, que tuvo éxito, y tras dos años se convirtió en el guion que terminó en la película.

Me llevarás en ti lleva unas semanas en cartelera. Dura 120 minutos y está cargada de escenas y diálogos que muestran la evolución del amor y luego del desamor, causado por la separación de la pareja. La historia, por momentos, es un poco lenta, y quizá exagera en resaltar los rasgos de la élite antioqueña de la primera parte del siglo XX. Pero tan pronto se supera el asunto del regionalismo paisa, y si se quiere del melodrama, quizá un poco cliché, algo hace interesante esta apuesta: la vida del Gonzalo Mejía, no el atormentado por la incertidumbre tras la repentina desaparición de su Isolda, sino el Gonzalo hacedor de empresas y filántropo antioqueño.

Gonzalo Mejía nació en Medellín en 1884. Gracias a que perteneció a una familia de comerciantes adinerados pudo estudiar y viajar por el mundo, y eso le dio alas para, al regreso a Colombia, soñar y construir proyectos un poco adelantados para su tiempo. Mejía fue pionero de empresas muy vanguardistas para esos años en que Colombia aún no se recuperaba de las guerras: fue impulsor de líneas aéreas y de la aviación internacional, de la construcción de aeropuertos y carreteras, de la distribución de películas y la producción de cine.

Hablar de Mejía, y es algo que se enfatiza en el filme, es hacerlo del fundador de Cine Colombia y de la mismísima Avianca. Era conocido como el “fabricante de sueños” y es gratamente recordado como quiera que se soñó y fue el constructor de la vía que une a Medellín con el Urabá antioqueño, “la vía al mar”, la misma que soñaba prolongar luego, desde Medellín hasta Bogotá, para que la ultramontana capital colombiana tuviera una salida más pronta a las costas. Ese era su sueño. Y si bien no lo vio materializado, seguramente su anhelo caló entre la dirigencia, y en 1966, diez años después de su muerte, comenzó su construcción.

Así que, si bien el filme gira en torno a un romance truncado, vale la pena destacarlo y asistir a las salas de cine, pues esta obra recupera la memoria de un hombre que hizo fortuna y que al tiempo fue un líder cívico, honesto y filántropo. Es loable el esfuerzo de los productores, máxime en momentos en que Colombia requiere espejos en que mirarse y que trasciendan la polarización política o la consecución de rentas a como dé lugar.

889386

2019-11-04T00:00:14-05:00

column

2019-11-04T01:00:02-05:00

[email protected]

none

El cine rememora a uno de sus pioneros en Colombia

50

3978

4028

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Guillermo Zuluaga

Aquí no ha pasado nada

Javier Darío, el maestro

No mandemos a Nairo al pelotón de la ingratitud