Por: Mario Méndez

El cinismo como cultura

Son tantos los hechos que confluyen en este agitado torrente de la realidad, que resulta imposible no sentirse agobiado. Policías en cierne sacrificados, guerrilleros reinsertados que son asesinados (ya unos 80); líderes sociales, incómodos para los señores del establecimiento, eliminados. Todo compromete nuestra sensibilidad y se utiliza para crear un nuevo foco de atención.

En medio del auge de distractores, retomamos el hilo que lleva a la zozobra por la inserción del cinismo en la cultura. En tal sentido, y para ubicarnos exactamente en la semántica de lo cínico, debemos diferenciar campos y significados, de modo que entendamos bien que una cosa es la escuela filosófica de los seguidores de Diógenes el Cínico o Diógenes de Sinope, el más aventajado discípulo de Antístenes –a la vez alumno de Sócrates–, y que otra cosa es la desfachatez que muestran aquellos personajes que se adueñan de la cosa pública a su antojo.

Mientras Diógenes enseñaba que el hombre debe vivir despojado de todo lo superfluo, hasta el punto de vivir austeramente en un tonel, acompañado de su can (canis, y de ahí el nombre de la corriente filosófica del Cinismo), aparece otra acepción, referida a la falta de escrúpulos en la conducta personal que se acompaña de cierta habilidad para fungir de inofensivo, pulcro, incluso víctima de malquerencias o de envidias. ¡Qué cuero tan duro! Es ésta una praxis que le hace mucho daño a la cultura, sobre todo a la cultura política, siempre en picada, hasta el colmo de permear a la sociedad e instalarse casi como un valor, el antivalor de la avivatada; la moral del más diestro para engañar, mentir, robar; la leguleyada a la mano para salir indemne, mejor dicho, beneficiario de la impunidad.

Tenemos entonces un panorama donde campean los émulos del cínico, pero no de los seguidores de Diógenes sino de individuos desvergonzados que se encaraman en el poder y hasta logran respeto entre los carentes de criterio, los que piensan que lo anómalo es válido, ¡mientras no se les demuestre formal y jurídicamente que han delinquido! Incluso se ve con frecuencia que un incriminado queda libre por vencimiento de términos y no tiene rubor para alardear de su libertad porque fue declarado tan casto como la bíblica Susana.

Los casos de mal ejemplo de quienes no son propiamente pedagogos, o sea, conductores idóneos, se reproducen, y los comportamientos torcidos cunden entre los moralmente débiles y cunden entre los buscadores de vida fácil, y cunden entre los pedigüeños de una tajada del negociado, del entuerto, del cohecho.

Alguna vez, Antonio Caballero describió a un personaje en momentos precisos de frescura, y lo hizo tan bien que cualquiera hubiera pensado que se metió por los poros del cuestionado, en una suerte de vivisección para interpretar la expresión corporal, el inquieto músculo facial, la mirada elusiva y en busca de refugio.

Tris más. Poco falta para que no ser cínico resulte sospechoso y amerite exclusión de la vida pública, y que deban renunciar sólo quienes no pueden con su conciencia por haber cometido algún pequeño desafuero.

* Sociólogo, Universidad Nacional.

 

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