Por: Mauricio Rubio

El coco de las guerrilleras

La guerrilla asimiló bien el discurso de la violencia sexual como arma de guerra.

Doris, reinsertada de las FARC, admite temerle “a la palabra fudra y al Arpía. A ese helicóptero sí que le tenemos miedo, él es el dios, el papá de los hombres”. La mayoría de compañeros de su frente fueron reclutados en caseríos del Meta, obsesionados por un ejército enemigo que por donde pasaba violaba y degollaba mujeres. Después, el coco persistía: “en las charlas nos contaban cómo los militares cogían a las guerrilleras desmovilizadas, las ponían boca abajo con las puertas abiertas, mirando al vacío y luego las botaban, después de violarlas … por eso yo estaba esperando que me hicieran eso después de que me entregué”. Este testimonio es similar al de muchas desmovilizadas a quienes les advirtieron que al abandonar la guerrilla correrían la misma suerte: ser violadas para luego morir degolladas o lanzadas desde un helicóptero en vuelo.

Durante las guerras ha sido común asustar con un enemigo que es pervertido sexual insaciable. En la de secesión estadounidense los soldados confederados temían que si los esclavos ganaban la libertad sus esposas e hijas serían violadas. Un panfleto de reclutamiento les pedía a los hombres enlistarse antes de tener que “volver a nuestros hogares desolados; cuando la espada y la violación los hayan visitado”. En la primera guerra mundial la propaganda hacía alusión a horribles escenas de mujeres indefensas violadas por los alemanes en los territorios belgas ocupados. En 1940 las francesas sintieron pavor con la bestia germana y las historias de horror del ejército prusiaco en la primera guerra. En mayo de ese año dos jóvenes burguesas refugiadas en provincia relatan en su diario lo que les advierte un amigo de la familia: “todas las parisinas entre quince y cincuenta años pasarán a la cacerola. ¿Y después? ¡La guerra! Y desde la antigüedad, estar en el bando de los vencidos, para una mujer, significa ser violada”. Los alemanes, a su vez, distribuían panfletos asustando con la lujuria inglesa. En una caricatura se ve a una joven ya casi desnuda con seis soldados en su habitación y la leyenda “el inglés se siente en cualquier parte como en casa y se comporta siempre como un gentleman”. El afiche sobre los violadores rusos es más sanguinario, y la víctima menor. La réplica soviética muestra un esperpento con cachucha nazi que babea con su víctima. Una campaña por los bonos de guerra norteamericanos -“Mantenga este horror lejos de su casa”- destaca al depredador sexual japonés con un cuchillo sobre el cuello de una aterrorizada mujer.

La propaganda de la guerrilla basada en el enemigo violador debe ayudar a reclutar campesinas y evitar deserciones. El mismo lema promovido por la Corte Constitucional y la academia como característica del conflicto colombiano, es más difícil de comprender y racionalizar, siendo discutibles sus ventajas. Son demasiados los testimonios de violencia sexual que no encajan en un guión tan simplista e inadecuado para eventuales intervenciones en el posconflicto. Es probable que sirva para montar procesos judiciales contra algunos comandantes paramilitares pero las pruebas sobre las violaciones como política explícita promovida por la cúpula de las organizaciones son precarias, incluso hay testimonios en sentido opuesto. Se trata de un punto debatido que deberá definir la justicia.

El historiador John Dippel parafrasea a Clausevitz anotando que “la guerra es la continuación de la política sexual por otros medios”. Sugiere que después de las confrontaciones bélicas, en los bandos derrotados los hombres quedan desacreditados y los derechos femeninos progresan. Esa podría ser parte de la lógica del discurso académico sobre el conflicto: buscar un reacomodo del poder de las mujeres como víctimas de guerreros desprestigiados. Pero el mismo Dippel señala que en los bandos vencedores, la victoria “ha detenido e incluso revertido la tendencia hacia la mayor igualdad y ha afirmado la posición dominante de los hombres”, algo que en Colombia según algunas encuestas ha ocurrido en zonas de dominio paramilitar. Desde esta perspectiva, no es mala idea terminar una confrontación armada con el discurso de que no hubo ganadores sino que todos perdimos, pues la sensación de vencedor acaba envalentonando mucho macho. Ante el raudal de apoyos ilustrados a la reelección, con todo tipo de cocoZ, sorprende que nadie haya utilizado este argumento de género a favor de Santos.

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