Por: Luis I. Sandoval M.

El colapso de los partidos

Imposible no hablar de lo que está pasando ante nuestros ojos y estamos padeciendo en nuestras vidas de ciudadanos y ciudadanas en un contexto de posacuerdo con las Farc y de preacuerdo con el Eln: el colapso de los partidos y del sistema de partidos en el país.

Los partidos tienen en la sociedad una función cohesionadora prospectiva, una función electiva y una función gubernativa. La primera la materializan mediante el ejercicio programático estructural y coyuntural; la segunda, mediante el voto y la tercera, mediante el desempeño de cargos públicos. Todas ellas a través de una incesante batalla de opinión y del recurso intensivo a los mass media y redes.

Tales funciones subsisten, pero en forma distinta a la de antes, en las condiciones de sociedades informatizadas, globalizadas y desnacionalizadas, vale decir, apelando a la expresión de Zygmunt Bauman, en sociedades líquidas o licuadas por el predominio omnímodo e inmisericorde del mercado que ha flexibilizado y diluido absolutamente todo desde estructuras societales hasta valores y resortes morales.     

De gestores de imaginarios para modelar la vida colectiva y ofrecer opciones a la toma de decisiones libres de hombres y mujeres individuales, y de conjuntos sociales, los partidos han degenerado en traficantes de contratos y votos, o en sostenedores abiertos o encubiertos de múltiples formas materiales o simbólicas de violencia, incluidas las prácticas de posverdad. Hasta algunas izquierdas quedan incluidas en esta fenomenología.  

El espectáculo de corrupción generalizada (no todo el mundo es corrupto, pero en todos los espacios hay corrupción), de ausencia de liderazgos creíbles y confiables, el deterioro irremediable de bienes públicos tangibles e intangibles, la cortedad para hacer de la transición de la guerra a la paz una oportunidad de cambio y transformación están dejando al desnudo la realidad de una sociedad en la cual la política se volvió propiedad de castas mafiosas y la ciudadanía del común se quedó sin el más común de los bienes que es la política. La palmaria incapacidad de los partidos para organizar el juego político explica el inusitado auge de las firmas para candidatizarse.

Los partidos están en crisis, los movimientos, en auge. Los recientes paros realizados por regiones como Buenaventura y Chocó, o sectores como los maestros y las consultas mineras, introducen elementos en el manejo de lo público de verdadero alcance estratégico y estructural. Los acuerdos logrados no solo mejoran las condiciones inmediatas de vida y trabajo, sino que comprometen recursos cuantiosos para toda una década. Los acuerdos suscritos por las guerrillas abren la posibilidad de reformas significantes en aspectos claves del desarrollo territorial económico y social.              

No basta reformar la política, hay que recrear lo político. Pero ello no va solo por la vía de hacer reingeniería de los partidos, sino por la de abrirle paso a las potentes dinámicas de insurgencia civil, ciudadana y social. Una democracia sostenida de movilización, dinamizada por un sujeto plural en expansión y articulación, permite avizorar un esperanzador horizonte constituyente. En el fondo, a pesar de la escena decadente que se ve en primer plano, Colombia no se está deshaciendo sino rehaciendo.

Sin nervio intelectual no puede haber nervio ético, la política alternativa tiene que alimentarse de un humanismo revolucionario, como utopía provocadora, en el que prosperen hermanadas libertad e igualdad, nunca la una sin la otra. Recrear lo político, realizar una profunda transformación intelectual y moral, hacer que la política recobre en la sociedad la función que el agua pura, el aire no contaminado y el pan saludable y fresco tienen para las personas requiere un formidable movimiento cultural político.            

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* Integrante de Redepaz y Director Ejecutivo de la Asociación Democracia HOY. 

 

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