Por: Lorenzo Madrigal

El comodín de las víctimas

Saben los que juegan que el comodín es carta de la baraja que suple y hace las veces de otra. Hablando de víctimas, no convence el sentimiento de dolor por quienes han sufrido los horrores del llamado conflicto: los que perdieron diez años de vida, por ejemplo, o la vida misma en un campamento selvático. Pero el recurrente tema de las víctimas sirve para desarmar a los críticos y de comodín que suple y silencia todo debate sobre un proceso torcido hacia la izquierda política.

Es el relleno, con esa carta siempre se gana. No opine usted en contra, pues eso que critica es algo que se hace a favor de las víctimas, urgidas de verdad, reparación y certeza de no repetición. ¿Cuál repetición es posible, si hay muertos de por medio? Que otros procesos las han ignorado, es verdad, sin que las repare una compensación hipócrita, a veces imposible. Pero el alarde de que son reparables sirve a gobernantes gloriosos, que lucen medallas por el mundo.

Lo más triste es que algunas y algunos dolientes fueron transportados a la sede comunista de La Habana, donde en el rincón de un salón desabrido y en tono menor se les ha pedido perdón con decir que lo ocurrido con su madre y hermano, baleados sobre el asfalto, fue un simple error. Los familiares han aceptado con abnegación ese susurro, en aras de la paz. Son casos en que el ofendido u ofendida no es sólo el familiar, sino todo un país conmovido por la cobardía de lo acontecido.

Es vano el clamor de las organizaciones de víctimas (una es la del general Mendieta, en buena hora candidato) que agrupan a numerosas de ellas; del mismo modo se ignora el dolor de las viudas de los diputados del Valle, aquellos que anunciaron su muerte, como en la Roma de Nerón (“morituri te salutant”, los que van a morir te saludan). A ellas no las puede representar una sola voz conformista que las acalle.

Por fin se hace mención, gracias a la periodista Salud Hernández (columnista que fue del diario del Gobierno, y puede imaginarse por qué ya no lo es), de los esposos Bickenbach Gil (matrimonio de la exreina nacional, Doris Gil Santamaría), baleados sobre el suelo cuando iban a ser rescatados, crimen poco mencionado, dado el recato de su familia y el olvido de los negociadores.

Pero no se mencione ese ni otros casos de infamia (el del gobernador de Antioquia y su asesor de paz y exministro de Defensa es otro ejemplo), porque eso es fomentar el odio, como ahora se dice. Amortizar los daños causados, siendo tantas las víctimas, es imposible; compensarlas moralmente con la verdad es lastimar su dolor o encender la venganza; asegurar la no repetición es irónico, cuando la muerte ha estado de por medio; no se reemplaza una madre, como la asesinada en la carretera, porque sencillamente no había sino una.

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