Por: Luis Carlos Reyes

El compromiso social como bien público

Un bien público, en el sentido económico, es aquel que uno puede disfrutar sin que eso impida que otros lo disfruten, y que además es complicado impedir que sea de beneficio a los que no pagan por él. La definición formal es que se trata de un bien “no rival” y “no excluyente”. Por ejemplo, la seguridad nacional es un bien público, ya que cuando las fuerzas armadas protegen a un ciudadano contra amenazas externas pueden proteger a todos los demás sin que eso implique esfuerzo adicional. De hecho, les quedaría difícil permitir que un ejército extranjero invadiera sólo la parte del país que le corresponde a algún ciudadano específico. Otro ejemplo es el alumbrado de las calles: que un poste de luz me alumbre a mí no impide que otros puedan ver con la misma luz, y tratar de que a los que no pagan impuestos sólo les caiga sombra es imposible.

Hay muchos bienes públicos que el Estado puede y debe proveer, porque el libre mercado es insuficiente para lograr que su provisión llegue a un nivel óptimo. Por ejemplo, imaginemos que el ejército o el alumbrado público se financiaran con donaciones: casi con seguridad habría menos de lo que es necesario.

Pero no todos los bienes públicos los puede proveer el Gobierno. Uno muy importante es la participación de la sociedad civil en el manejo y la veeduría del Estado. Por ejemplo, cuando alguien sale a votar de manera informada en vez de quedarse en casa refunfuñando contra la clase política tradicional, todo el país se beneficia con su voto, y no puede evitar que incluso los que no votan se beneficien. Cuando alguien denuncia actos de corrupción dentro de la entidad en la que trabaja, se benefician todos los contribuyentes, pero le cuesta tiempo y posibles retaliaciones tan sólo a quien se tomó la molestia de denunciar. Cuando alguien paga los impuestos que debe sin hacer trampa, ganamos todos, incluso los que sí hacen trampa. Y como muchas de estas tareas no las puede asumir el Gobierno de manera desinteresada —ya hemos visto en meses recientes la corrupción que existe dentro de los órganos de control de la corrupción—, si no lo hace la sociedad civil no lo hace nadie.

Si queremos derrotar a las maquinarias políticas, sólo lo vamos a lograr con millones de pequeños actos de abnegación individual, como salir a votar un domingo en el cual podríamos quedarnos en la casa. Quizá deberíamos imponer como regla social que el que no salga a votar no tenga derecho a quejarse del siguiente Gobierno. En algunos países a los votantes les dan, al salir de la mesa de votación, una calcomanía que dice algo así como “Yo sí voté”, y la gente se pasea orgullosa el resto del día con su pequeña marca de compromiso cívico, como los fieles con la cruz en un miércoles de ceniza. Quién sabe qué nos toque inventarnos en Colombia para que la gente vote y lo haga de manera informada, pensando en el bien del país. Pero el Estado no va a empezar a trabajar para nosotros a menos que colectivamente tomemos los pequeños pasos que requiere convertirnos en la sociedad que queremos.

* Ph.D., profesor del Departamento de Economía, Universidad Javeriana.

Twitter: @luiscrh

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