Por: Santiago Villa

El comunismo que el capitalismo envidia

La semana pasada en Beijing hubo una protesta callejera. Cientos de personas salieron a las calles de un barrio de trabajadores para manifestarse en contra de las políticas de desplazamiento de la Alcaldía, que en pleno invierno está expulsando a las personas de sus hogares y echando abajo las viviendas donde tienen habitaciones arrendadas. 

Si China es rápida en su ritmo de construcción, lo es más todavía en la demolición. Durante el último mes ha efectuado una política de tierra arrasada con las viviendas de miles de inmigrantes de las provincias, la mano de obra más barata y desamparada de la ciudad, que en la capital de China son ciudadanos de segunda categoría. 

El domingo visité un barrio donde una buena parte de los almacenes y casas ya estaban sellados por las autoridades. Caminé por calles casi vacías. En el perímetro del vecindario una hilera de retroexcavadoras y camiones esperaba que fuera lunes para entrar y aplanar el terreno. Hablé con unos jóvenes que, sentados sobre las cajas de productos de la tienda en la que trabajaban —o mejor dicho, ya no trabajaban—, dijeron que no sabían si regresar a sus pueblos, donde no había oportunidades, o mudarse al extrarradio de la ciudad, donde muchos de los trabajadores inmigrantes se estaban asentando. Cada vez más lejos y escondidos.

Salí del barrio y a los 200 metros había un conjunto residencial de casas unifamiliares, del tipo donde la gente tiene camioneta de vidrios oscuros y más de dos hijos —la medida de la prosperidad en China—. Se entraba por una portería vigilada, cercada por una muralla blanca con tejas de barro que recordaban a la arquitectura de la dinastía Ming. Sobre ella: un rollo de alambre de púas.

—La diferencia entre ricos y pobres es cada vez más grande en China —dijo la traductora que me acompañó durante la caminata y añadió, un poco en broma y un poco en serio: —Antes era mejor. Antes todos éramos pobres.

Consultamos cuánto costaba el metro cuadrado de una casa en ese conjunto residencial: 97.000 yuanes (15.000 dólares). Entretanto, un mes de arriendo en una habitación de las casas de ladrillo, baldosa y aluminio, en las que vivía un trabajador inmigrante, era de 1.200 yuanes (180 dólares).

El gobierno local es el propietario final de la tierra y quienes compran finca raíz hacen una suerte de alquiler a 50 años con posibilidad de renovarlo. De manera que si estos barrios de inmigrantes son nivelados, la ciudad de Beijing podrá vender los derechos de uso de los terrenos a constructoras que piensen desarrollar conjuntos residenciales donde el precio del metro cuadrado sea de 15.000 dólares.

La palabra de moda en Beijing hoy es "gentrificación". El fenómeno es global, desde Harlem hasta Chapinero, y la queja al respecto es en esencia la misma, aunque varía la gravedad del trauma social generado por la transformación: el barrio está atrayendo habitantes más adinerados, las construcciones que se hacen son más costosas, el precio de los arriendos aumenta y se desplaza a quienes ya no pueden pagarlo.

¿Cuál es la diferencia entre otros lugares y China? Muchas, pero la principal: no hay un gobierno totalitario. Acá es más fácil que un ejército de retroexcavadoras enviadas por el Partido Comunista llegue de un día para otro a echarlo todo abajo y empezar de nuevo, pero con cosas más bonitas y más costosas y gente que no sea pobre.

Las autoridades lo justifican diciendo que las construcciones son ilegales y suponen un riesgo para sus habitantes. Hace un mes en un barrio como éste hubo un incendio y murieron 17 personas. La solución del comunismo del siglo XXI, sin embargo, no es adecuar el barrio para que los trabajadores vivan mejor, sino sacarlos sin ofrecerles opciones, cuando afuera la temperatura está bajo cero grados centígrados.

“En otros lugares es peor”, dirán los afectos a esta falacia que justifica las infamias. Claro, en otros lugares la gente muere de hambre o de malaria pero el punto no es ese. La medida del bienestar y la justicia social no puede ser el peor denominador humano. Y menos en una ciudad, en un país, que genera tanta riqueza y desperdicio.

No creo que sea ley de la física el tener que cargarse a los más débiles para asegurar el flujo de dinero y las inversiones de los más prósperos. Sigo pensando que hay un punto, si bien no justo, menos cruel. Preocupa también cierto hedor a futuro, pues entre muchos miembros de las élites del mundo, de izquierda y de derecha, este tipo de procedimientos dan cosquillitas de envidia.

Twitter: @santiagovillach

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