Por: Héctor Abad Faciolince

El condón de los obispos

 ES ADMIRABLE LA FIDELIDAD A LAS enseñanzas de la Iglesia del actual presidente de Paraguay. Cuando todavía era obispo, hace algunos años, si esporádicamente caía en un pecado de la carne, al menos no cometía la abominación de hacer el amor con condón.

Porque hacer el amor por fuera del matrimonio no está bien, pero hacerlo con preservativo, como la doctrina católica nos explica, hubiera sido mucho peor. El sexo está dirigido al fin divino de la procreación, y tratar de interponer trabas de látex a ese designio de las alturas es un pecado gravísimo. Al obispo Lugo podríamos decirle Tirofijo: por cada caída (sin condón) un nuevo angelito sobre la tierra.

  Si uno le hace las cuentas a sus muchachos, que ahora al menos podrán pedir una porción del salario presidencial (¿no les digo?, cada niño viene con su pan debajo del brazo), estos nacieron en tiempos del inolvidable obispo López Trujillo, apodado por entonces el terror de los condones. Decía el sabio cardenal tolimense que los condones eran porosos, y al ser microscópicos el virus del sida y los espermatozoides, los poros del condón eran cómplices del contagio y cómplices de la concupiscencia. Tan fiel a estas enseñanzas de la Iglesia era el obispo Lugo que hasta bautizó a uno de sus hijos con el bonito nombre de Juan Pablo, en honor al sumo pontífice de aquellos días. ¿Cómo se llamarán los otros, Alfonso, Teresa, Joseph?

 Yo no voy a rasgarme las vestiduras por las palabras de Ratzinger en su reciente viaje a África (“no se puede solucionar el flagelo del sida distribuyendo preservativos; al contrario, aumentan el problema”). Hay estudios argentinos muy serios que hablan, por ejemplo, de que el condón falla en el 11% de los casos. Supongamos que esto sea verdad. Esto quiere decir que de 100 casos de sida podrían evitarse 89. Y que en vez de seis hijos, el obispo Lugo tendría solo uno. Lo cual hubiera sido un error de la Providencia porque un Presidente de la República puede muy bien mantener media docena de vástagos.

 De la obsesión de los obispos por el condón hay un caso mucho más hermoso todavía, que me señaló un amigo australiano. Es el del cardenal Emmanuel Wamala de Uganda. Este prelado ha propuesto declarar mártires del cristianismo a todas las mujeres africanas que, después de rechazar el uso del condón por parte de sus maridos, mueran infectadas de sida. El martirio, como bien se sabe, consiste en ofrecer la vida con tal de no renegar de ninguna verdad de la fe. A Santa Irene, por ejemplo, durante el gobierno del emperador Diocleciano, se le pide que queme los libros sagrados. Ésta se niega y entonces la queman a ella, que sube a los altares como mártir.

  Ahora es lo mismo en África, para las nuevas mártires del obispo Wamala. Llega el marido con sida y le dice a su esposa: “Mirembe querida, tengo sida, pero no te preocupes que haré el amor con condón”. Y la mártir: “Eso nunca jamás. Con preservativo no está permitido. Prefiero morir a contradecir la doctrina de la Santa Madre Iglesia.” El marido cumple sin condón con sus deberes conyugales, Mirembe muere contagiada, pero en olor de santidad y feliz porque el obispo Wamala la declara mártir de la Iglesia. Esta será la consigna de Santa Mirembe, mártir: antes muerta que con condón.

 Ay, estos obispos y cardenales, las cosas que nos enseñan. No sólo con sus palabras, también con el ejemplo. No sólo predican, también practican el no uso del condón.

 

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