Por: Julio César Londoño

El condón del Vaticano

LA TEOLOGÍA Y LA BIOLOGÍA SON, por separado, dos disciplinas apasionantes. La teología porque se ocupa de Dios, la criatura más extraordinaria del universo para nosotros los creyentes, o la más espléndida de la literatura fantástica, para descreídos como Borges. Y la biología porque se ocupa del milagro de la vida en general y del hombre en particular. Bueno, y de la mujer, los niños, los indígenas y los afrodescendientes, por supuesto.

Pero cuando se juntan, mejor, cuando chocan biólogos y teólogos, la discusión es magnífica. El escenario de sus disputas es la frontera entre la vida y la nada —los anticonceptivos, el aborto, la eutanasia, la clonación—, aunque a veces también chocan en temas más tranquilos pero que involucran procedimientos que la Iglesia considera non sanctos.

La inseminación artificial, demos por caso, fue aceptada por la Iglesia porque al fin y al cabo coadyuva a que las parejas alcancen la bendición de los hijos, pero puso dos condiciones: que el semen pertenezca al marido de la inseminada (si no, la cosa bordea el adulterio) y que no sea obtenido por medio de la masturbación (el pecado de Onán). Cuando los biólogos propusieron que la pareja copulara con condón para recoger allí el semen, los teólogos se opusieron porque el condón es un método anticonceptivo proscrito por la Iglesia, que sólo ve con buenos ojos el método de Ogino. El problema parecía no tener salida hasta que alguien propuso una solución loca: hacerle orificios al condón; de esta manera dejaba de ser un instrumento anticonceptivo a la vez que permitía recoger una muestra aséptica de semen.

Aunque usted no lo crea, la Iglesia aprobó la idea, níhil óbstat, dijeron sus jerarcas, y en los textos de biología de la reproducción el invento quedó registrado como “el condón del Vaticano”.

Los teólogos más serios aprueban los condones normales, claro. Saben que los óvulos y los espermatozoos son criaturas sin alma y por lo tanto matarlos es tan sacrílego como fritar un huevo.

En lo que no se han puesto de acuerdo aún biólogos y teólogos es en la vieja cuestión: ¿en qué momento de la gestación aparece el alma? ¿Cuándo el espermatozoo entra al óvulo y se forma el cigoto? ¿En el día 15, cuando el cigoto ya es un embrión y “algo” en él decide si se escinde para formar gemelos o permanece íntegro? ¿Entre las semanas 6 y 8, cuando el embrión toma aspecto humano y empieza a formarse la corteza cerebral? ¿En la semana 25, cuando se completa el cableado cerebral, empieza el chisporroteo sináptico y aparece la condición más alta y sutil de la materia, la conciencia? ¿O en el momento del parto, cuando sale y respira por vez primera por sí mismo?

¡Desde el mismísimo cigoto! dijo la Iglesia y los biólogos quedaron sin margen de tiempo para practicar el aborto terapéutico ni para sus caros experimentos con embriones humanos ni para operaciones tan sencillas como “la píldora del día después”, cuando es tarde porque ya hay cigoto y alma y homicidio.

Entonces ocurrió algo providencial: un matemático descubrió, por pura lógica, que el alma era insuflada en el embrión exactamente el día 15. La demostración es sencilla: no puede haber alma antes porque si el embrión se escinde en dos para generar gemelos ¿qué pasa con esa alma única? Es claro que ella no puede escindirse en dos como una vulgar ameba, ni quedarse en el embrión A y dejar desalmado al embrión B. Ergo, Dios tiene que esperar el día 15 para saber si insufla en ese útero una, dos o más almas.

Así ganó la ciencia 15 días preciosos parar corregir lo que haya que corregir.

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