Por: Santiago Villa

El conflicto circular

¿Es posible superar el conflicto armado?

Es la pregunta que siempre nos hemos hecho, pero su respuesta es cada vez más incierta; en especial tras el fracaso de los diálogos del Caguán con las Farc y a medida que los sucesivos procesos de paz no logran solucionarlo del todo. Ni siquiera uno exitoso con las mismas Farc.

Si bien comparto la posición de quienes resaltan que la mayoría de las Farc se desmovilizaron (así como se desmovilizaron la mayoría de los paramilitares), y reconozco que es un avance crucial, la situación de seguridad de Colombia aún es mala en comparación con la mayoría de países de la región y del mundo.

Ataquemos primero el problema semántico. El conflicto armado no es ya, como pudimos haber pensado hace una década, un problema de participación política. Todo partido tiene plena posibilidad de participar en política dentro de los límites que impone el ambiente de violencia, de corrupción y de clientelismo en el país, que no son menores, pero que no se resuelven con un proceso de paz. La violencia, entonces, más que ser la forma como un grupo presiona para lograr ser reconocido como un actor político, es una estrategia para incidir sobre el proceso electoral y manipular la democracia.

La contradictoria situación en la que nos encontramos, en la que la mayoría de las Farc entraron a la vida política legal y un grupo minoritario se mantuvo como grupo armado ilegal, no es la excepción, sino la regla de los procesos de paz en Colombia. Recordemos que los procesos con el Epl y las Auc tuvieron el mismo problema. Es de suponer que si un proceso de paz con el Eln hubiese culminado exitosamente, habría tenido el mismo desenlace: un porcentaje alto se habría desmovilizado y uno menor habría mantenido los mismos símbolos y discursos, mientras practica el narcotráfico.

Desde la fuga de Iván Márquez y Jesús Santrich a la selva, he escuchado lecturas desde la izquierda y la derecha que me parecen acertadas, pero al ser explicaciones fragmentarias parecen incorrectas. A continuación, comparto una lectura del conflicto armado de tres tiempos, inspirada en la teoría de Fernand Braudel, que si bien acorta el tiempo medio y la larga duración con respecto a lo que el historiador francés propone en su historiografía, nos permite entender los motivos estructurales y coyunturales de por qué no se acabaron las Farc.

El conflicto armado se mueve en tres tiempos. Algunos de los problemas tienen solución, otros no; y entre los problemas que tienen solución hay algunos, como el narcotráfico, que Colombia no puede solucionar por sí sola. Dado que en el mundo no existe la voluntad política nacional e internacional para imponer la legalización de todas las drogas, que es la única forma de cortar el narcotráfico de raíz, pues es una solución estructural que a Colombia sola se le escapa de las manos.

El tiempo corto: hubo un ala de las Farc que desde la firma del acuerdo jugaba con el "quizás, quizás, quizás" con respecto a pedir perdón a las víctimas, y que era condescendiente, evasiva o agresiva con las preguntas legítimas de los periodistas, por no hablar ya de que era despectiva con respecto a las expectativas de los colombianos de ver algo de contrición en ella. Esto demostraba que personajes como Romaña, el Paisa, Santrich y Márquez consideraban que el proceso de paz no sólo era una amnistía, sino que las instituciones judiciales no les iban a tocar, incluso cuando rompiesen las reglas del acuerdo, como lo era el mantener cercanía con el negocio del narcotráfico. Esto coincidió con el giro a la derecha en el Gobierno, y quizás lo desató. El Gobierno y la Fiscalía minaron el acuerdo de paz, en lugar de blindarlo, y empujaron una crisis que a su vez fortaleció las disidencias de las Farc. Fueron dos procesos simultáneos que se retroalimentaron de forma negativa.

El tiempo medio: cada vez que hay un proceso de paz en Colombia, la tentación del narcotráfico, la falta de incentivos para los mandos medios y la falta de oportunidades para la tropa frenan la desmovilización completa de los grupos. El narcotráfico sigue siendo una actividad cuya fuerza de gravedad impide que los procesos de paz en Colombia sean exitosos. Quedan grupillos que mantienen los viejos símbolos. El problema añadido de esto es que la poca presencia del Estado en buena parte del territorio mantiene viva la dinámica de ofensiva criminal y autodefensa criminal. Hace unas semanas, en Nariño, vi un grafiti de las Auc. No es de extrañar que, así como estamos viendo la resurrección de las Farc, veamos la resurrección de los paramilitares en las zonas donde hará presencia la guerrilla, a medida que aumentan los secuestros, las extorsiones y el robo.

La larga duración: la geografía quebradiza, la precaria infraestructura, la corrupción y el clientelismo, y la dificultad para encontrar vías de desarrollo y empleo digno en el campo colombiano siguen haciendo de la ilegalidad y la lucha armada una opción tentadora. Todos estos son elementos que no se van a solucionar en el corto o mediano plazo. Quizás puedan encontrarse soluciones a la corrupción, pero la estructura del sistema lo frustra. Dependemos de los corruptos para aprobar propuestas anticorrupción, o los corruptos tienen tanto poder que impiden consultas y referendos exitosos. Igual con el campo colombiano. Puede haber propuestas y programas de desarrollo, pero la infraestructura y el mercado internacional para nuestros productos son demasiado débiles para generar un cambio significativo en todas las regiones.

A partir de esta lectura, mi conclusión es que el conflicto armado por lo pronto no se puede resolver, pero se puede contener. Es decir, si bien nuestra generación y probablemente la siguiente no verán un país en paz, puede reducirse el tamaño de los grupos armados y la amenaza que suponen para el Estado, mientras se avanza lentamente en los elementos que pueden llevar a una solución estructural y definitiva.

Twitter: @santiagovillach

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