Por: Humberto de la Calle

El Congreso no levanta cabeza

PARTO DE UNA BASE: NO CREO QUE haya una guerra de la Corte Suprema contra el Congreso. En la parapolítica, la Corte simplemente ha cumplido con su deber.

 Si fuese una guerra, no habría aceptado la renuncia del fuero de los parlamentarios para trasladar sus investigaciones a la Fiscalía. En esta misma columna hicimos ver que el fuero también es una garantía para la sociedad y que, en consecuencia, no es renunciable. Pero esta es una reflexión de clavo pasado que sólo traigo a cuento para mostrar que, si hubiese inquina, ningún congresista habría podido salir del radar de la Corte.

Y en cuanto a la judicialización de los demás temas —notarías, referendo— quienes decidieron involucrar a la Corte fueron los propios políticos. Navas denunció el voto del referendo. Barreras replicó y presentó denuncia contra aquél por falsa denuncia. Yidis habló de notarías entregadas a sus colegas. Luego vino Cuello Baute.

La judicialización de la política es obra exclusiva de políticos que les dan a sus propias peleas contenido judicial. La Corte es un invitado a la fuerza.

Pero esta guerra aparente estuvo a punto de cambiar dramáticamente el miércoles en la noche. El anuncio de varios allanamientos a residencias de congresistas, adobado por la conmovedora intervención de Nancy Patricia Gutiérrez, logró que, por primera vez, la opinión se volcara a favor del Congreso. Comenzaron a oírse voces respetables diciendo que a la Corte se le fue la mano, que hay que respetar la intimidad del hogar, que los congresistas merecen otro tratamiento. Así mismo, varios congresistas quisieron hacer ver, en un ejercicio de doble columna, que las decisiones de la Corte estaban sincronizadas maliciosamente con las votaciones del referendo. Y muchos se tragaron el sofisma.

Puede decirse que, en términos de opinión pública, el hallazgo de dinero en la casa del congresista Villamizar salvó a la Corte. La salvó la campana, porque ¿cuál sería del ambiente hoy si no hubiese aparecido ese dinero? La cascada de la opinión pública hubiese cambiado de bando y estaríamos hoy frente a una Corte severamente cuestionada.

Sin que se sepa el origen de ese dinero, y sin entrar a emitir juicios aventurados sobre él, su sola presencia permite establecer que, seguramente, alguna información tuvo la Corte para proceder de manera tan drástica.

El balance político, en todo caso, sigue siendo desastroso para el Congreso. Los reclamos que se oyen en sus recintos, tratando de mostrarse como víctimas de una conspiración, no caen en terreno abonado porque su enorme desprestigio lo mantiene impotente y sin capacidad de reacción.

Lo que debería suceder en beneficio del Congreso, no pasa por el meridiano del lamento, sino por la difícil senda de la depuración. Son muchos los congresistas serios y diligentes, pero la persistente ocurrencia de sucesos bochornosos, impedirá que cambie su imagen de manera favorable.

Parece que esto es irremediable por ahora. Sólo en 2010, sin los partidos se proponen en serio recuperar el Congreso, con gente renovada podríamos salir de este peligroso bache institucional que deforma una sana arquitectura constitucional.

Ojalá cuajen las ideas de Fajardo y de los nóveles trillizos, que han proclamado como parte esencial de sus proyectos, la recuperación del Congreso. Y que los demás sigan el ejemplo.

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